Todas las Vidas que Tengo. Capítulo 2: Lo amargo que tengo en el pecho

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De camino a casa, mi mente era un hervidero de ideas y planes de futuro, se me ocurrían mil formas de hacer que aquello funcionara y otras mil de hacer que fallara. Mis piernas temblaban sobre los pedales de mi BMW recorridas por un sudor frío que no sabía bien de donde podía venir y mis manos apretaban el volante movidas por la emoción de haber dado un paso que llevaba años queriendo dar. Y luego estaba Carmen, su cara sus ojos inocentes, cargados de bondad, mirándome cada mañana al despertar. Esa imagen tan perfecta que sabía que no podría disfrutar mucho más tiempo. Si había alguna posibilidad de que se quedara mi lado era usando lo que Campo de los Nabules podía darme.

Por el camino había llamado a mi agente de viajes para que me organizara un viaje Mallorca, allí, la dirección general de Daluz S.L. Me había ofrecido un fin de semana en uno de sus mejores hoteles. Estaba deseando contárselo todo a Carmen y, hacerlo acompañado de dos billetes para un fin de semana perfecto haría que su angelical cara rozada por la injusticia y la incertidumbre que yo había provocado recuperaría su brillo aunque fuera solo por unos días.

Llegué a casa y ella estaba sentada en la mesa, me miró y se esforzó por sonreír, carraspeó y entonces vi sus ojos rojos humedecidos por un llanto furtivo que había sacado aprovechando que yo no estaba allí para sufrirlo. No hablé, me acerqué, le dí el abrazo más cálido que pude darle y la besé. En su mano tenía una carta que no me hizo falta leer para saber que ella se debía su expresión de desasosiego.

Me dirigí lentamente hacia ella, y toda mi alegría se tornó angustia al escuchar su corazón latiendo como sin ganas, su abrazo fue lánguido y frío, como el de alguien que se ha dado por vencido en esta vida y ya no tiene razones de peso para vivirla. Sus manos en mi nuca se antojaban ásperas y gélidas pero sentirlas acariciándome, aunque fuera sin ganas, me seguía produciendo el mismo repelo de placer.

Me tragué un nudo que dolió como si me estuviera tragando un alambre de espino, la mire a los ojos y le pregunté, en un intento tan absurdo como injusto de hacerme el inocente, que qué pasaba.

La carta citaba a Carmen a comparecer como imputada en el caso Mardosa, una trama de irregularidades que había sumido al ayuntamiento de Marbella, una vez más, en uno de los casos de corrupción más graves de la historia reciente de nuestro país.

Carmen era arquitecto, sacó su carrera “cum laude” en la Universidad de Sevilla y no mucho tiempo después había conseguido su plaza en el área de urbanismo del ayuntamiento de Marbella. Su cometido era la inspección de los proyectos urbanísticos para la concesión de permisos de obras.

Siempre fue muy estricta en su trabajo y tenía fama de ser la más difícil de convencer de toda la Delegación de Urbanismo. Había visto caer compañeros suyos en el caso Malaya por un puñado de euros que al final solo les había servido para pagar fianzas y evitar ir a prisión. Había visto como las carreras de esa gente se iban al garete por pura ambición y tenía muy claro que no iba a aceptar que jugaran con su profesionalidad.

Su vida, aunque en ocasiones bastante estresante, era perfecta, trabajaba en algo que le apasionaba, tenía tiempo libre para disfrutar de todo lo que quisiera hacer y a nivel económico su situación era inmejorable pero, entonces ocurrió todo, yo me encargué de fastidiar aquello que tanto le había costado conseguir y la empujé a lo que siempre había intentado evitar y todo por el deseo incontrolable de verla sonreír más, por pura ambición de cariño.

Tras un interminable abrazo silencioso en el que recé a todos los dioses por que se parara el tiempo, la invité a dar un paseo por la playa para contarle lo que me había pasado.

La tarde se antojaba fresca y la brisa marina olía a sal. El sol que empezaba a esconderse teñía el cielo de un naranja brillante y la pocas nubes que había se movían lento dando la sensación que nos acompañaban en nuestro paseo. La arena seca se escapaba entre los dedos de nuestros pies a cada paso que dábamos y la olas se acercaban a saludarnos, era idílico, un paisaje de ensueño para anunciarle que todo empezaba a ir mejor y sin embargo un sentimiento de culpa que pesaba más que toda la felicidad que ella me había regalado.

Nos sentamos en la arena, empecé a contarle todo lo que me había pasado aquella mañana y le mostré los billetes a Mallorca, su cara cambió, la expresión seca y desganada se tornó alivio y felicidad, necesitábamos desconectar aunque solo fuera por unos días, necesitábamos no pensar en todo lo malo que nos pasaba y ser libres de corazón .

El viernes amaneció algo nublado pero igualmente la luz morada del amanecer que se dejaba asomar por nuestra ventana dibujaba aquella etérea silueta. Me limité a oler su espalda hasta que despertó y me topé con sus ojos grises mirándome risueños. Me sonrió y me besó, yo no pude seguir controlando mis impulsos y me dejé llevar.

Fue Dobby arañando la puerta quien nos separó, después de un par de miradas cómplices soltamos una carcajada y abrimos para dejarle pasar, quería ser parte de aquel precioso momento.

Después de un par de cafés cargamos el coche con las maletas que habíamos preparado el día antes, dejamos a Dobby en casa de Paqui, nuestra vecina y salimos en dirección al aeropuerto.

El avión tomó tierra en Mallorca y la luz de la isla iluminó al momento la cabina, bajamos y respiramos ese aire despejado y húmedo que caracteriza a la isla. Fuera nos esperaba un coche de alquiler con el que movernos por la allí y disfrutar de la más absoluta intimidad en alguna cala perdida donde no nos viera nadie.

El hotel estaba en Puerto Adriano, era un complejo turístico no demasiado grande formado por maravillosas villas de lujo con todos los servicios que se puedan imaginar. A la entrada nos esperaba Jordi Roig, el director del complejo y ejemplo a seguir dentro de la empresa, acompañado por un mozo que se encargó de nuestro coche y nuestro equipaje. Nos saludo en un tono bastante menos formal de lo que esperaba y con un movimiento de mano nos invitó a recorrer el complejo con él para tomar contacto con los estándares de la empresa y con el lugar donde iba a pasar los próximos tres días.

El lugar era como sacado de un folleto de información turística. Las villas de estilo mediterráneo se disponían en varías hileras que discurrían por cuatro callejuelas serpenteantes salpicadas de tiendas y bares y que desembocaban en la piscina que tenía una salida directa a la playa. A un lado del arco de entrada estaba la recepción y un pequeño recinto donde los agentes de los turoperadores tenían sus oficinas de atención al cliente.

Durante todo el paseo por aquel espectacular resort noté a Jordi un tanto serio y bastante reticente a contestar las preguntas que le iba haciendo. Me dio la sensación de que estaba molesto conmigo por algo pero no quise darle la menor importancia, a veces la gente no tiene un buen día o simplemente tiene una forma de ser que no encaja en lo que nosotros esperamos encontrar.

Llegamos a la villa que nos habían asignado, estaba a pocos metros de la piscina, cosa que no me acabó de gustar mucho porque temía que los ruidos pudieran ser un problema pero preferí no quejarme y disfrutar de aquel increíble lugar, no era momento para negatividad injustificada.

Nada más entrar un pequeño salón y una cocina americana daban la bienvenida, al fondo un enorme ventanal lo iluminaba todo y daba salida la pequeño jardín trasero donde un delicado juego de muebles de ratán invitaba a tomar el sol al amparo de algún cocktail suave y afrutado. Junto a la barra americana se abría un pasillo que conducía al enorme dormitorio al cuarto de baño. Los muebles eran de colores claros y sus lineas curvas y desdibujadas trasmitían una gran sensación de relax y el cuarto de baño estaba equipado con todos los lujos que se puedan imaginar.

Soltamos las maletas, llenamos la bañera y entramos juntos a perdernos en el placer que aquel momento nos procuraba. Su belleza se perdía entre los bordes plateados de la bañera y mis manos se afanaban en acariciar cada pedazo de piel que Carmen me regalaba. La eternidad había vuelto a adueñarse de nuestras vidas pero, esta vez, sin prisa por dejarnos ir.

A la mañana siguiente, tras un despertar lento y descansado me reuní con el Jordi en uno de los restaurantes del hotel para repasar un dossier en el que la empresa me explicaba lo que esperaba de mí con todo lujo de detalles. Yo solo podía pensar en el cuerpo de Carmen desnudo una cala paradisíaca esperando que yo llegara. No alargué la reunión más de lo imprescindible y para cuando acabé ella estaba preparada en la puerta de la villa para arrancar de camino a algún lugar perdido en el que poder perdernos nosotros también.

Condujimos poco más de una hora hasta encontrar una pequeña cala al sur de la isla, nos costó llegar a abajo pero mereció la pena el esfuerzo. Tenía forma de herradura y no medía mas de 50 metros de punta a punta, arena blanca y fina se metía en el agua que dibujaba en colores turquesas y verdes brillantes y era tan cristalina que ya desde lo alto del acantilado se podía ver el fondo. No había nadie que se hubiera aventurado como nosotros a bajar hasta allí así que nos aprovechamos de la privacidad que aquel agujero en la roca nos estaba regalando y llenamos cada hueco de nuestros cuerpos de amor. Decidí que quería olvidar al menos por un fin de semana todo lo amargo que tenía rondándome el pecho desde que tomé la estúpida decisión de jugármelo todo a una carta. Decidí que en aquel momento me iba a dedicar a vivir con Carmen todas las vidas que tengo.

 

Comentarios

  1. Esruza

    14 agosto, 2019

    ¡Hermosa forma de pensar (párrafo final)

    Buen texto, mi voto y saludos.

    Estela

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