No le buscáis,
porque nunca le
habéis echado en falta.
Pésimos discípulos de
Tomás de Aquino.
Lo creéis encerrado
en vuestras teorías y
fórmulas.
Sin llegar a pensar
que hay que buscarlo
en el camino.
Vosotros, que os
creéis tocados
por el dedo divino,
estáis más lejos de él
que el más apestoso
de todos los vagabundos.
Porque él si sabe que
a Dios hay que buscarlo
en el camino.
Habrá que buscarlo
en un cartón de vino
bajo los asientos del
vagón del metro.
Habrá que buscarlo
en un lúgubre e insalubre
motel de la noche a
15 pavos.
Para encontrarlo, habrá que buscarlo.
Habrá que buscarlo en el
coño de una buena samaritana
que quiera compartir su cama
o en el ano de un dulce muchacho.
Pero, habrá que buscarlo.
Habrá que buscarlo en la
trompeta de «Trane»
o en el saxo de «James Dean».
O, ¿quién sabe?, en el
bebop de «the Bird».
O al lado del mendigo moribundo
que duerme en el banco del
parque donde cada noche se
trapichea.
Él lo sabía;
él se arriesgó.
Por eso los hipocrítas
se le echaron al cuello,
pero tenía razón:
él si encontró a Dios.
Después de tantos kilómetros,
hechos a base de andar y autostop,
después de tantos desiertos interminables
y tantos centros comerciales
allí resplandecía,
sólo allí y él lo veía,
¡oh sí!, el lo veía.
Porque a Dios no hay que buscarlo
en un sitio, sólo en el camino.
A Dios hay que buscarlo en el camino
perdido y apaleado,
sediento y borracho.
Para encontrarlo, habrá que
buscarlo, pero sólo
en el camino.
Solo en el camino
encontró a Dios.





Luis
Muy bueno. Un saludo y mi voto-.
Jean Arthur Lerouac
Muchas gracias Luis.