Día de suerte

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Todos los días, Ramiro se levantaba temprano para comprar el periódico y el pan del desayuno. Luego de eso se ponía la ropa de trabajo y se dirigía a la oficina. Su oficina quedaba en el primer piso de su casa, una casa antigua en un barrio tradicional de Lima, vivía allí con su familia desde hace 20 años.

Con casi 80 años a cuestas, Ramiro tenía que seguir trabajando para mantener a su familia. Eso sí, amaba su trabajo, era el encargado de una revista religiosa que salía cada semana y que se financiaba mediante los avisos publicitarios de cada edición. Nadie lograba vender tantos avisos como él, era capaz de venderle avisos al más reacio de los empresarios.

Tenía dos vicios: tomar Coca Cola todos los días y jugar a la lotería. Los dos empezaron desde que era un niño, según contaba, su tío Hugo le había regalado los primeros centavos para comprar una Coca Cola y le había enseñado cómo escoger los números para jugar a la lotería. “Algún día ganarás el premio gordo y te acordarás de mí”, le dijo su tío en esa ocasión.

Esa mañana, Ramiro fue a comprar el periódico, pero por la hora ya no quedaban ejemplares en el kiosko de la esquina, tuvo que caminar cinco cuadras –un tramo largo para alguien de su edad- para llegar al siguiente kiosko y conseguir el periódico. Mientras caminaba de regreso leyó los titulares. La política había dejado de importarle hace mucho, solo se fijó en las noticias sobre delincuencia. Llegó a su casa, abrió la página final y vio los números de la lotería: 3-89-7-27-11-55. Ramiro jamás escogía los números de la lotería al azar, así que para el último boleto que había comprado había escogido las fechas de nacimiento de su esposa y de su hija menor: su hija menor había nacido un tres de julio del año 1989 y su esposa el 27 de noviembre de 1955.

¡Ángela! ¡Ángela! – gritó. Su esposa se levantó asustada y Ramiro le enseñó el boleto y el periódico, ¡era el boleto ganador! Su esposa gritó más y despertó a sus hijos. “¡La suerte existe!”, gritaba Ramiro entre lágrimas. El premio era grande, suficiente para pagar todas las deudas que había acumulado a lo largo de su vida. Suficiente para alejar un poco el estrés, suficiente incluso para descansar de trabajar.

Se dio un baño apresurado, nadie lo estaba apurando, además era muy temprano ya que la oficina de la lotería recién abría a las nueve de la mañana, pero Ramiro quería estar listo. Se cambió, escogió la mejor corbata que tenía y le dijo a Ángela que prenda la plancha. Ángela le dijo que para eso debía quitarse la camisa. “No, no quiero planchar la camisa”, respondió. Ramiro fue a la mesa de planchar, sacó el papelito doblado con los números ganadores, lo estiró, colocó un trozo de tela encima y pasó la plancha. La idea de llevar el papel algo arrugado le perturbaba. Retiró el trozo de tela e instantes después se escuchó el gritó más profundo y triste que era capaz de hacer. El boleto ganador era ahora un trozo negro de papel, ilegible y por tanto, inservible.

Ramiro lloró todo el día, no pudo trabajar. Sus hijos lo animaron como pudieron, su esposa lo culpó de la desgracia. Ya en la noche pudo reflexionar y se dijo a sí mismo: la suerte nunca existió, al menos para él.

Comentarios

  1. Mabel

    28 noviembre, 2019

    Muy buen Cuento. Un abrazo Tamara y mi voto desde Andalucía

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