Como si fuera la última vez, observé mi habitación y cerré la puerta.
Dejando atrás una vida ajena a mí.
Me sentí aletargada, adormecida. Exhausta. No podía hilvanar pensamiento alguno. Lo único que parecía tener coherencia era la idea de seguir adelante. En otro lugar. Lejos de todo. Que otros vientos, otros aromas, otro paisaje, OTROS, formaran parte de mi día a día.
Me pregunté cuánto hacía que me sentía así. Meses, años, quizás…
Me pregunté cuánto hacía que me sentía así. Meses, años, quizás…
Hice un absurdo cálculo. Precisaba treinta y seis meses. Ya antes había ocurrido. Y había establecido ese extraño patrón de tiempo para recuperarme de las caídas estruendosas, a nivel emocional. De las amargas decepciones de mi vida.
Así que de algún modo, sentí un alivio.
La energía que necesitaba, mi optimismo, mi creatividad, mi determinación y mi alegría estaban a veinticinco mil novecientos veinte horas de mí. Y no parecía tanto. Pensarlo así, resultaba un verdadero consuelo.
Cerré otra puerta y levanté mi equipaje. Esta vez, la puerta de salida. Respiré profundo y el aroma de mil azahares llegó a mí recordándome que el invierno, había terminado.
Lo consideré una buena señal y me fui, sin mirar atrás.





Mabel
Muy buen relato. Un abrazo Karina y mi voto desde Andalucía
Luis
La rutina nos »mata» y sin embargo….sin ella tampoco seríamos »completos». Un buen texto: mi saludo y mi voto!
Francesca
Gracias, Mabel!. Beso!
Francesca
Luis: Así es, la rutina, las decepciones, los errores del pasado… Todo. Pero siempre es posible respirar y comenzar de nuevo. Gracias por tu voto. Beso!
JR
¡Dejar atrás un pasado que atormenta y comenzar de nuevo! ¿Sera posible? ¿Sin llevar equipaje?
Walter Alan
Sin dudas un perfecto dominio del lenguaje. Un texto claro y hermoso. Mi voto y mis respeto.
angrey
triste relato, una buena narración.