Historias desde el otro lado de la Galaxia – Accidente

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(A los que me leen…creo que he dado con una historia real, compleja, completa y profunda. Si les gusta este primer capítulo, por favor dejadme un comentario, agradecería mucho la retroalimentación. Un saludo desde Querétaro.)

Historias desde el otro lado de la Galaxia – Accidente

El intercom tenía una luz roja, una que nadie sabía que existía, que alertaba de una conexión perdida. Pero eso era imposible, las conexiones por frecuencia infracordial eran completamente seguras, fieles e imposibles de obstruir, además de ser instantánea, sin importar en qué parte de la galaxia se encontrara uno. Tal vez la nave del delegado hubiera sufrido algún daño mayor, y su ansible se encontrara dañado, tal vez su nave hubiera explotado, pero aún así el ansible se mantendría activo. Aún si el ansible de la nave hubiera sufrido algún daño, sería posible continuar la comunicación a través del ansible personal del delegado, pero ni éste, ni su asistente virtual se encontraban activos. Éste era un escenario de pesadilla para los políticos, y pronto se convertiría en un escenario de desesperación para todas las razas.

El presidente del continente del Norte, Herino Gevez, estaba seguro de que la desaparición del delegado había sido un ataque, quizás, según él, por parte de los otros delegados del Pacthos que no estaban felices con la postura de su compañero. Sin embargo, esta opinión era peligrosa, y él sabía que no debía expresarla fuera de su mente agitada por la repentina noticia, su opinión sería considerada traición a la Sperdemocracia pacifista en la que vivía. Herino Gevez, para sustentar su teoría, mandó un grupo de rescate a escasos dos minutos luego de la desaparición de la conexión de la nave con el delegado y sus consejeros.

– Señor, – saludó Nick Tabaez, un oficial del cuerpo de rescate – el último lugar registrado de la FT2-UNentra en conflicto con una zona marcada como peligrosa.

– ¿Qué clase de marca tiene? – respondió el presidente.

– De hecho, nada que debería preocuparnos, señor – respondió el oficial -, es una marca puesta a escasos tres planémetros de aquí, me encuentro en el perímetro, y fue puesta por BNMinería, hace medio ciclo, señor.

– ¿BNMinería…? Me suena – dijo el presidente mientras buscaba en los archivos del Pacthos. – ¿Qué más indica la advertencia, Tabaez?

– Indica que la zona es peligrosa, que no es recomendable minar esta zona, y nada más. No dan explicaciones.

– ¿Y no hay rastros de alguna explosión? – dijo Gevez, recordando sus sospechas iniciales.

– No, señor. No por el momento, pero exploraremos la zona sin entrar al campo infracordial. Nos llevará un par de horas recorrer toda la zona, pero le mantendremos informado cada dos minutos.

– Tenga cuidado, Tabaez, empezaré los trámites para pedir una explicación al Pacthos y a esa BNMinería. Si ven algo extraño, envíen reporte.

– Sí, señor. Por suerte para todos, la zona sólo está marcada como peligrosa, pero no como prohibida. Espero que la compañía minera tenga una buena explicación.

– Mi AV ya está redactando el documento. Lo firmaré en cuanto cortemos esta conversación. Mucha suerte allá, oficial.

Gevez cortó la comunicación y el torso de Tabaez desapareció de su proyector con un puño sobre su pecho, como era la costumbre marcial. Inmediatamente, Girael, la asistente virtual del presidente proyectó frente a él un documento pulcramente redactado solicitando al Pacthos y a la Sala una explicación sobre la desaparición del FT2-UN, además de un pequeño apartado donde se involucraba la alerta de BNMinería, y una solicitud de aclaración de su parte. El presidente leyó rápido el documento y puso su pulgar sobre el punzón que tenía en su comunicador de muñeca, entonces una micra de su material genético fue leído dando así su firma biológica para que el documento llegara a su destino sin retrasos por burocracia. Justo después de presionar el punzón, una esfera holográfica enmarcó el documento con un código en los colores de su país y sus datos oficiales.

El presidente estaba a punto de enviar el documento cuando recibió otra llamada.

El presidente del Sur, Nemib Evret, quien estaba muy al pendiente de la desaparición del delegado y su equipo, decidió llamar a su homólogo norteño antes de que éste tomara una decisión acelerada, pues en su círculo privado no era ningún secreto que Gevez aún era capaz de expresar sentimientos especistas y reprochables para toda la Sala. Sabía que la desaparición de la nave tocaría fibras sentimentales en el presidente y que éste buscaría culpables donde nadie jamás se atrevería a pensar. Eran personas como él las que no debían llegar al poder, sin embargo, la Superdemocracia lo había escogido, y no se podía ignorar el hecho de que la raza humana había avanzado mucho desde que la adoptaron.

El intercom se encendió y la parte superior de su homólogo del Norte apareció ante él.

– Agradezco su oportuna llamada, vecino. – Dijo Gevez, sabiendo en el fondo que no debía enviar el documento que estaba a un botón de ser enviado.

– Buenas noches, señor presidente, no debe sorprenderle que yo también haya sido informado de la desaparición de su delegado, y supongo que usted también está preocupado por lo que este accidente pueda causarle a nuestros ciudadanos.

Las consecuencias del evento no le parecían tan urgentes como sus causas. Y sin embargo, sabía que debía haber pensado en eso antes de buscar culpables.

– Las consecuencias de este hecho son tan cruciales como sus posibles causas, vecino – puntualizó -, sin embargo me atengo a lo que ha ocurrido y no a lo que podría ocurrir. Prefiero saber que nuestros esfuerzos se enfocan en saber qué causó este problema en lugar de distraerme con teorías golpistas.

– Nada de teorías golpistas, Gevez, esto es tan insólito como peligroso. No podemos dejar que nos vean separados en posturas, argumentos y cursos de acción. Usted bien sabe que ambos estamos aquí gracias a que ambos éramos necesarios. Si yo me enfoco en las consecuencias y usted en las causas, es porque la Superdemocracia hizo lo correcto en hacernos sentar en estos tronos cargados de responsabilidad.

Las palabras de ambos resonaban en sus conciencias, ambos sabían que el otro tenía la razón, y ambos detestaban no ser el único gobernante inteligente del planeta, pero por lo mismo, ambos se respetaban enormemente el uno al otro, simplemente por pensar lo que el otro no se atrevía.

– Como siempre – dijo Gavez con sinceridad-, agradezco a la estadística por estar hablando con usted ahora mismo, señor Evret. Verá, estaba a punto de enviar este archivo a la Sala.- con un movimiento de su dedo cambió de remitente y convirtió su documento en un archivo privado entre ambos presidentes, esperó que el otro empezara a leer y después agregó – mi equipo de rescate me dijo que la zona estaba marcada como peligrosa por esa compañía…

– BNMinería – interrumpió Evret mientras seguía leyendo.

– Exacto. También me dijeron que la esfera de la advertencia era pequeña, apenas de tres planémetros de radio. Yo, usted lo sabe, no creo que se trate de un accidente minero, vecino, – empezó a decir de manera enérgica pero con la voz baja – yo culparía directamente a…

– No lo diga, vecino – lo volvió a interrumpir Evret -, no podemos dejarnos llevar por impulsos primitivos sólo por sospechas especistas. Por favor, imagine si sus hijos lo escucharan.

La mención de sus hijos, que en realidad era una forma de hacer que los conspiracionistas tocaran el suelo con las suelas de sus zapatos, le hizo racionalizar y recordar la educación recibida, además de los entrenamientos en protocolos alienígenas frente al Pacthos. Era conocimiento común que los miembros de Pacthos eran pacifistas, pero también lo era que aislaban a las especies que no podían mantenerse en la alineación neutral y sin conflictos. Si algo de lo que él decía se convertía en tendencia, si de alguna manera convertían su mensaje en un chisme y de boca en boca se tergiversaba, toda la humanidad a lo largo y ancho de la galaxia se vería afectada, por su culpa.

– Ya sabe, vecino, que mi lealtad estará infinitamente ligada a mi pueblo, a los humanos. – se disculpó el norteño.

– Y al Pacthos le debemos también muchas cosas, amigo mío, no lo olvide. No olvide tampoco lo de Promenim…

Promenim había sido una de las primeras bases de separatistas humanos, a pocos ciclos de haber iniciado relaciones con el Pacthos, los promenianos incitaron a la separación pues no confiaban en los alienígenas, a quienes retrataban como monstruos comeniños con poderes sobrenaturales. La policía galáctica tuvo que reprimirlos, primero con reeducación y después con violencia, pues el germen de la xenofobia había calado profundamente en sus conciencias, y ni las Ais encargadas de la superdemocracia pudieron cambiar la tendencia. El planeta fue aislado, olvidado y ocultado de los archivos del Pacthos. Era el secreto de los humanos, un secreto que lentamente se olvidaba entre las masas, pero se recordaba entre los gobernantes, para mantener a raya cualquier indicio de deslealtad hacia el conjunto de especies pacíficas en colaboración llamado a sí mismo Pacthos.

– Una vez más, tiene razón, Evret, lamento parecer acusatorio.

– Para nada, vecino, son sólo las inquietudes de alguien que acaba de verse enfrentado ante una situación fuera de registro.

Habían pasado cinco minutos desde la última conexión con el equipo de rescate, y su llamada entrante alivió al presidente Gevez.

– No cierre la conversación, Evret, ambos escucharemos lo que el equipo de rescate tiene que decir.

El holograma mostraba la parte superior de un cadete asustado, no era el oficial Tabaez, sino algún otro compañero del mismo. Esto, por supuesto, hizo que los nervios de ambos presidentes se pusieran alerta.

– Señor presidente, señor, yo soy el cadete Ditrevich, al mando de la cuarta nave de exploración bajo las órdenes de Tabaez, señor. ¿Me escucha?

– Claramente, cadete, dígame, ¿dónde está Tabaez? – dijo el presidente, fingiendo calma.

– Señor, me comunico con usted en modo de emergencia. Tabaez desapareció, señor. Su ansible no existe, su último registro fue localizado por la nave tercera, pero ésta también desapareció. En mi nave decidimos enviar el informe antes de tomar acción, señor. Esperamos instrucciones.

La noticia resultaba más allá de increíble. Ni Gevez ni Evret estaban preparados para escuchar tal historia. Y la información dada por el cadete no aclararía nada.

– Cadete, ¿de qué está hablando? ¿Cómo pueden desaparecer sus compañeros?

– No lo sé, señor. En este momento la nave segunda y yo vamos a la zona donde fue la última conexión del ansible de Tabaez y de la tercera. Nosotros somos los últimos dos del escuadrón de rescate.

– ¿Hay residuos? ¿Cómo son los niveles de radiación? ¿Alguna señal de rayos gamma? ¿Alguna singularidad?

– No detectamos nada, señor. Compartiré con usted mi pantalla de control, para que haya registro.

De inmediato un holograma cubría toda la sala del presidente, quien a su vez, compartió la información con su homólogo sureño. El holograma de alta definición mostraba las mediciones hechas, el historial y las coordenadas de todas las naves cercanas, además de los cuerpos cercanos, que no eran muchos, nada más que un asteroide solitario a lo lejos. No había nada inusual, ni escombros, ni emisiones de radio, ni radiación, ni se detectaban irregularidades gravitacionales, ni luz, ni si quiera había cambios en el registro de microondas. Todo era tan normal como lo era entre la luna y el planeta Gretes, de donde venían.

Frente a la nave del cadete, viajaba la nave segunda, con sus luces rojas de todas las naves de emergencias. Ambas iban a buena velocidad hacia el último punto donde se desconectó el ansible de Tabaez. Ditrevich se veía confundido, más que asustado, pues no lograba entender cómo habían desaparecido tres naves en la misma zona sin dejar rastro. Su nave iba siguiendo a la segunda de cerca. A lo lejos se podía ver la estrella de ese sistema solitario, como un punto blanco brillante.

– Señor, ¿ve lo que yo veo?

– Sí, cadete, veo todo lo que usted está compartiendo.

– Como puede ver, no hay nada fuera de lo…

La señal desapareció, y con ella la transmisión del holograma que se mantuvo por un segundo después de que el audio desapareció, en su lugar sólo quedó la sala vacía. La conexión del ansible prendía una luz roja, por segunda vez en ese día. Evret estaba boquiabierto.

– ¿Qué pasó? – preguntó Evret sin querer sonar procupado.

– No tengo idea, vecino. Ambas naves desaparecieron de la nada.

– Eso…es imposible.

Claro que era posible, ambos acababan de presenciarlo. Pero ninguno de los dos aceptaba la idea de que sus subordinados habían desaparecido.

– Al menos tenemos el registro de todo lo que usted y yo vimos, todo lo que ese cadete nos envió.

Con faz ligeramente triste, el presidente norteño vio a los ojos al holograma de Evret.

– No podemos publicarlo, Nemib, tendríamos que publicar toda nuestra conversación.

– ¿Qué tiene eso de malo? – apenas lo dijo, cayó en cuenta de lo que habían hablado. Si alguno de esos comentarios era interpretado de la forma incorrecta, podría ser usado para conectar a Gevez con la facción anti Pacthos, y haría público lo ocurrido en Promenim, o al menos una mención de ello.

– Intentaré extraer una copia limitada, vecino.

– Buena idea, tengamos esta conversación otra vez…

– No podremos burlar a la Superdemocracia.

– Ya no diga más.

Y cortó la comunicación.

 

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