Un momento de destino

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Los últimos rayos de sol de la tarde se acortan paulatinamente a través del gran ventanal de la sala.

Se abre la puerta y unos pasos pesados y discordantes se escuchan aproximarse a la mesa central. Sin quererlo, estalla un ruido metálico ensordecedor. El Cuervo tropieza torpemente contra una de las sillas. Sus jadeos son cada vez menos entrecortados y una gota de sudor cae redonda sobre la superficie de la mesa. Con delicadeza coloca la caja de flores encima.

Decide sentarse de una vez por todas y saca de su maletín una de sus últimas adquisiciones, The Bluest Eye de Toni Morrison. A medida que los minutos transcurren se humedece el dedo en la lengua y pasa las páginas mientras arquea las cejas con aire intelectual.

Por otra de las puertas aparece Blondine. El Cuervo eleva su rostro y hace ademán de ajustarse las gafas, pero ese día lleva lentillas. La mira embobado y se le dibuja una sonrisa nerviosa que muestra su dentadura.

Blondine entra en la sala dejando un halo angelical, alegre e inocente tras de sí. Se dirige a su casillero y sorprendida, encuentra una nota tendida en el interior. Sin desdoblarla se da rápidamente la vuelta y con ojos sospechosos dirige la mirada a la caja de flores.

«¡Oh, no! ¡Otro cumpleaños no, por dios!» – piensa fastidiada y lanza la nota doblada al casillero de debajo.

En ese momento unos pasos firmes y elegantes rompen el silencio. Nicolás entra en la sala y proyecta su mirada penetrante y directa hacia ella. Después, echa un vistazo sutil a la caja de flores.

– Bonjour, Blondine. – saluda con tono melódico y sereno.

El Cuervo se tambalea en su silla y gotitas de sudor comienzan a reaparecer por su frente.

Blondine le devuelve la misma mirada. Parece que pasan siglos. Por fin, Nicolás decide coger la caja de flores de la mesa. Le sonríe de forma traviesa y se gira a medias.

– ¡Espera! – dice Blondine alzando la voz y acercándose con las manos abiertas hacia Nicolás.

Apenas unos centímetros les separan cuando éste le ofrece la caja de flores. Blondine la acepta y ambos salen de la sala juntos hacia las escaleras manteniendo las miradas y sonrisas en sus rostros.

¡Pam! El estruendo del ejemplar de Toni Morrison contra la mesa coincide con el portazo de éstos al salir cerrando la escena. El Cuervo se levanta encolerizado justo en el momento en el que por la misma puerta aparece Madame Guay.

Una sonrisa brillante y unos ojos que hacen saltar chispas le cambian repentinamente el semblante al verlo. Anda a paso ligero y comprueba de forma rutinaria su casillero. Un ataque de nervios la invade por dentro y decide sentarse en frente de El Cuervo.

Atónito y petrificado consigue hacer lo mismo y regala toda su atención a la mujer que enreda una nota de papel de forma nerviosa entre sus dedos.

– ¡Sí! ¡Sí quiero! – grita de forma acalorada y llena de alegría.

Comentarios

  1. Mabel

    24 febrero, 2020

    Muy buen Cuento. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

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