LO CORTÉS NO QUITA LO VALIENTE

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La lluvia arreciaba en aquel febrero de 1970, era muy raro que en época de carnavales cayera tanta agua. El centro de la ciudad era un despelote, las verbenas en honor a Ligia Restrepo reina de las carnestolendas de ese año se habían destrozado. Los carteles que anunciaban la programación de las fiestas se hicieron puro flecos, algunos transeúntes andaban a paso lento y su visión se hacía cada vez más opaca por culpa de la borrasca.

Aquellos lugareños que alcanzaron a tomar el autobús, miraban de lejos por las estrechas ventanillas como el agua que caía inundaba todo a su paso invadiendo calles y andenes sin pedir permiso.

Eso nos pasa por no hacerle caso al almanaque  Bristol.

Decía un pasajero ebrio hablando en voz alta,-  su aliento despedía un tufillo a licor barato, de esos que toman en los bares que suelen llamarlos de mala muerte.

Aquel hombre hablaba hasta por los codos,  miraba a las bancas de atrás para ver si alguien le metía conversación y así salir del hastío que le producía un viaje largo sin ninguna charla de por medio.

Es posible que este año el veranillo de san juan tardase un poco más, aunque parecía que todo marchaba igual, esto por la espelúznate temperatura como para pelar pollos que arreció días previos al inicio de las fiestas, por eso nadie se explicaba de dónde salió esa tormenta.

Mientras que el autobús seguía su marcha el parlanchín nuevamente irrumpía en escena con una sarta de estupideces acompañadas de gestos que no ponían en duda que el etílico lo poseía de pies a cabeza.

Parece que nadie quiere hablar.- Decía el hombre en un tono hostil.

La verdad es que la conversación de aquel hombre no le interesaba a ningún pasajero, todos se hacían los oídos sordos para ver si este se callaba. Pero el hombre no se daba por vencido y reiteradamente lanza estas palabras;

-No me interesa que ninguno hable,

-Todos los que van aquí son unos peleles,

– ¡Pero sepan que aquí donde me ven yo soy el diablo, no le tengo miedo a nada ni a nadie, porque no nací cuando repartieron el miedo!

Ese comentario sacó de casillas a uno de los pasajeros que indignado le grita;

Oiga mequetrefe, cállese, vaya a pasar su borrachera a otro lado, respete.

Ese rifirrafe casi pasa a mayores, menos mal que otros pasajeros lograron calmar la discusión. Por un momento el borracho logra mantenerse en silencio. Pero la dicha dura muy poco y luego de unos minutos empieza a lanzar improperios contra todos, no dejó títere con cabeza.

De pronto exclama;

Oiga señor chofer me deja en la próxima parada.

Los demás pasajeros respiraron tranquilos al escuchar esa indicación. A pesar de que no había necesidad de anunciar su destino, bastaba con levantarse y oprimir el timbre que se hallaba en la parte superior de la puerta de salida. El conductor como estaba entretenido tratando librar a su vehículo de un posible accidente por causa de la tremenda tormenta no le escuchó, por eso el borracho nuevamente le insiste, pero esta vez en un  tono burdo muy grosero.

Oye….malnacido….no escuchas….me vas a llevar donde tu mamita.          

Al conductor no le sentó bien tal atrevimiento, por eso esperó a que el borracho se levantara para escarmentarlo. De inmediato este se levantó el conductor frenó bruscamente y el borracho sale disparado hacia adelante estrellándose contra el espaldar de la silla del conductor. En el acto se escuchó una sonora carcajada y al borracho no le queda otro remedio que levantarse e ir caminando hacia la salida sin mirar a nadie.

Antes de salir dijo en un tono tosco que sonó más bien lastimero;

-Se acordarán de mi….eso no se queda así….filibusteros del demonio.

Al tocar tierra camina con paso más embolatado por causa del mareo de la caída, además la lluvia había mojado las calles de tal manera que parecían una pista de patinaje sobre hielo. En su trastabillado paso hacia su morada el efecto del alcohol le hace olvidar el camino correcto y toma otro rumbo por calles donde la tierra humedecida atrapaba los zapatos de tal manera que hacían difícil el andar.

Pese a esto el hombre gritaba a viva voz;

-Que me salga el diablo para darle su merecido…Porqué a mí se me respeta.

En el cruce por las estrechas callejuelas llenas de musarañas e invadidas de árboles resecos que habían botado todas sus hojas, el borracho queda enganchado en una de esas ramas que le aprisionó el cuello de la camisa por la parte posterior.

Cuando este se siente preso de la acción de la rama y de la oscuridad que se avecinaba exclama lo siguiente;

-Ay dios mío ¿qué pasó?…¿por qué a mí me pasa esto? -Tranquilo señor diablo…sepa que cuando uno está borracho solamente habla majaderías…..no me lleve por favor.

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