LA BESTIA

Escrito por
| 81 | 7 Comentarios

Irina nunca pensó que acabaría llamando a la puerta de esa casa, pero no tenía más remedio: su perseguidor estaba cada vez más cerca, y las historias supersticiosas de brujas y demonios no le daban tanto miedo como el aullido de la bestia.

     Aquella no era una casa normal, por cierto: era una cueva natural, a la que alguien había puesto una puerta; pero a Irina le hubiera dado igual refugiarse en un establo lleno de estiércol. Así que echó una última mirada a sus espaldas, por si aquel animal —si es que era un animal— estuviese más cerca de lo que creía, y aporreó la puerta de madera con  ferocidad.

     Una mujer acudió a abrir. Su rostro era joven, pero unos mechones blancos en su pelo negro contradecían su piel tersa. Miraba a Irina con interés, mientras mantenía una mano detrás de su espalda, aferrando Dios sabe qué.

     —¡Tenéis que ayudarme, señora! —pidió la joven—. ¡Algo me persigue!

     La mujer de más edad procedió entonces a olisquear el aire, como si hubiese captado una fragancia inusual.

     —Sí, ¡y está cerca! —dijo la dueña de la casa—. ¡Entra dentro, deprisa!

     Irina entró en la curiosa vivienda y su dueña cerró los tres cerrojos de la puerta, tan brillantes como la plata.

     —¡Muchísimas gracias! —dijo Irina. De pronto, al recordar un refrán sobre la sartén y el fuego, preguntó—: ¿Vos sois la señorita Mein, verdad?

     —Tía Meg, si no te importa —dijo la dueña de la casa—. Todo el mundo me llama así; quienes quieren caerme bien, claro está: el resto me llama “esa maldita bruja” y cosas por el estilo.

     —Sí, algo he oído.

     —Y tú eres Irina, la hija de Berta. A tu madre no le caigo bien, pero eso no importa ahora; tan sólo explícame qué es lo que te ha pasado.

     —Salí a pasear por el bosque y empecé a sentir que algo, o alguien, me estaba rondando; las ramas parecían romperse bajo el peso de algo enorme, algo que parecía jadear en las tinieblas, siguiéndome… Y luego… luego aulló, aulló como un lobo, y eché a correr.

     —Sí, se diría que es un lobo. He olido uno cuando has entrado. —Tía Meg hizo una pausa, como reflexionando—. Pero es extraño, ¿sabes? Aunque muchos creen lo contrario, los lobos no suelen atacar a los humanos; y mucho menos en verano, cuando tienen comida de sobra.

     —Yo diría que es mucho más grande que un lobo —opinó Irina, temblando al recordar su experiencia—. En las sombras de la noche su silueta parecía enorme.

     —El miedo nos hace ver las cosas más grandes de lo que son —opinó Meg—. En cualquier caso, esta noche te quedarás aquí, hasta que la luz del sol disuada a ese ser. Siéntate, que te traeré un vasito de leche; es lo mejor para ayudarse a dormir.

     Irina dudaba mucho de que pudiera dormir después de recibir tal susto, pero aceptó el vasito de leche caliente que Tía Meg le ofrecía.

     —Le he añadido un poco de miel, para que esté más dulce —dijo la supuesta bruja. Y, al ver que la joven dudaba, añadió—: ¿Crees que la he envenenado, como la bruja mala del cuento? Está bien; beberé un poco, para que veas que no es así.

     Tía Meg dio un buen sorbo al por otro lado generoso vaso de leche. Irina, avergonzada, se bebió el resto sin rechistar. Mientras lo hacía no pudo evitar hacer algunas cábalas inquietantes sobre su perseguidor.

     —Si no es un lobo, ¿qué puede ser? —preguntó.

     —Hay cosas mucho peores que los lobos por estos lares, o las había en otros tiempos —respondió la dueña de la casa—. Cosas que parecían lobos, cuyos cadáveres desaparecían al salir el sol; y otras aún peores, que andaban a dos patas, como si fueran hombres… o mujeres.

     Quizá sólo fuera una reacción nerviosa al comentario de aquella misteriosa mujer, pero Irina empezaba a sentirse enferma. Sentía retortijones en el estómago y empezaba a dolerle la cabeza; un dolor que era cada vez más fuerte, que se expandió a su cuello, su cara, sus hombros; que siguió corriendo por su espalda, por sus piernas, sus pies, hasta llenar todo su cuerpo, como si un ácido atroz la corroyese por dentro.

     Y entonces comprendió: había sido envenenada.

     —¿Qué me has hecho? —preguntó a la bruja, poniéndose en pie de un salto y corriendo hacia la puerta.

     —Apenas nada —dijo Tía Meg—. Será mejor que te calmes; el dolor pasará pronto, ya verás.

     —¡Me has envenenado!

     —No, no exactamente. Y yo que tú no tocaría esos cerrojos.

     —¡Vete al infierno, bruja!

     Decidida a escapar, Irina agarró el primero de los cerrojos. Fue entonces cuando sintió una fuerte sensación de ardor en su mano, como si hubiera cogido un hierro al rojo. La joven aulló de dolor.

     —¿Por qué me haces esto? —preguntó, sintiendo que no podía vocalizar correctamente. Algo extraño le ocurría a su boca y su garganta.

     —Porque quiero ayudarte —dijo Meg—. Y ayudarme a mí también, la verdad sea dicha.

     Sintiendo que una rabia homicida la quemaba por dentro, Irina rugió y se lanzó en dirección a Tía Meg, dispuesta a despedazarla con sus propios dientes. Y el pueblo de Tremeburgo se hubiera quedado sin su bruja oficial, de no ser porque el somnífero que había tomado Irina empezó a hacer efecto.

     Y aquella criatura con aspecto de lobo, pero que andaba a dos piernas, cayó dormida a los pies de Tía Meg.

A la mañana siguiente, la joven aprendiza de Tía Meg  observaba maravillada la escena que ocurría ante sus ojos.

     —¡Increíble! —exclamó—. Si no lo veo, no lo creo.

     —Pocos han podido ver la transformación de un licántropo de su forma animal a su forma humana —dijo Meg—. Por eso casi nadie sabe que por la mañana mudan la piel, igual que una serpiente.

     —Tú la viste cambiar, ¿no?

     —Sí. Eso lo ha visto mucha menos gente; gente que siga viva, me refiero. Ahora bien, lo realmente difícil fue meterla dentro de la jaula, con lo zumbada que me dejó el somnífero. Y eso que sólo bebí un poco…

     —¿Y qué será de ella ahora?

     —En primer lugar, se dará un baño y se vestirá; luego la llevaré a su casa y hablaré con su madre. Su familia tendrá que encerrarla las noches de luna llena, pero podrá vivir una vida normal, o casi. Y no estaría de más averiguar quién y cómo la contagió.

     —Entonces, ¿ese era el lobo que la perseguía? ¿El que la convirtió?

     —No. He revisado los alrededores con la primera luz del sol, y no había huellas de ningún animal más grande que un gato montés. Nuestra cambiante amiga sólo alucinaba; es muy común en el preludio de la primera transformación.

     — Así que creía estar huyendo de una bestia, cuando la bestia era ella misma… —concluyó la aprendiza—. ¡Qué ironía más extraña!

     —¿Ironía? Sí. ¿Extraña? No —Tía Meg suspiró—. La mayoría de la gente se pasa la vida huyendo de la oscuridad que lleva dentro.

Comentarios

  1. Mabel

    3 agosto, 2020

    Muy buena historia. Un abrazo Leire y mi voto desde Andalucía

  2. Luis

    4 agosto, 2020

    Ah, qué razón llevan los últimos versos y renglones; la oscuridad nos acecha y pretendemos exorcizarla con agua bendita o tazones de caldo de qué sé yo! Muy buen relato, Leire, bien contado y estrechado en sus márgenes para que no se estropee la esencia del cuento. Me gustó mucho. Un saludo y mi voto!

  3. Naim Casares

    4 agosto, 2020

    » —¿Ironía? Sí. ¿Extraña? No —Tía Meg suspiró—. La mayoría de la gente se pasa la vida huyendo de la oscuridad que lleva dentro.»

    Coincido, un cuento bellísimo , invita a la reflexión.

    Gracias, voto🤗

  4. Emma Black

    11 agosto, 2020

    Muy buen cuento. El uso de la figura del «monstruo interior» para dar un fundamento al recorrido del héroe —el protagonista— es un clásico en verdad; sin embargo, es mucho menos común que se de con heroínas.

    Un aplauso.

  5. Alejandro F. Nogueira García

    5 octubre, 2020

    De la mezcla de las fábulas alegóricas de los problemas contemporáneos y un disparatado pero elegante y fino sentido del humor pueden salir tres cosas: una película de la productora Monty Python, un libro de la trilogía “Nuestros antepasados” de Italo Calvino o un relato de Leire _G.

    He leído, Leire, todas las aportaciones que has presentado en Falsaria hasta hoy y he podido constatar que tus relatos poseen la rara virtud de suscitar dudas y reflexiones desde la sonrisa.
    Se revela en ellos un trabajo muy notable. Los diálogos están muy bien trenzados, con un ritmo muy realista y fluido que hace que tus cuentos se lean de un tirón, casi sin pausa.
    Es muy notoria la vitalidad de tus narraciones. Desde el primer hasta el último renglón están pasando cosas y, en el medio, te da tiempo de darle varias vueltas al planteamiento inicial hasta convertirlo en su opuesto si es necesario. Los inesperados y cómicos giros que se desarrollan en cuentos como “Gruñidos”, “El despertar”, “Los apóstoles apocalípticos” o “La habitación prohibida” son tan rápidos y ágiles que no dan respiro al lector.
    También es destacable y meritoria la claridad de tus relatos. A pesar de que casi las tres cuartas partes de tus cuentos son diálogos, vas dando las pinceladas necesarias y suficientes para que lector pueda hacerse una imagen muy clara (casi cinematográfica) de lo que sucede. Eso es algo muy fácil de decir pero muy difícil de conseguir en tan breves líneas; algo que solo está al alcance de las buenas escritoras.

    He decidido insertar este comentario en este cuento de “La bestia” y no en otros que me han gustado más porque es el que mejor ejemplifica el hecho de que tus relatos invierten los desenlaces de los cuentos y mitos tradicionales. En ellos, los héroes y heroínas penetran en las casas encantadas (o en las cuevas o en las simas plutonianas) para morir y renacer despojados de lo superfluo (el ego). Las brujas (o los monstruos o los demonios) a las que se enfrentan deben ser dignas rivales que les obliguen a despojarse de sus vestiduras y les enfrenten a su verdadero enemigo (su bestia interior). En tus relatos, por contra, los héroes y heroínas se encuentran con una bruja tan maja y proteccionista que —a veces con su consentimiento y a veces con su colaboración— impide que los interesados completen su madurez y hace que se vuelvan como han venido. En “La bestia” incluso se dice que la bruja irá a hablar con la familia para que la situación se eternice.

    No digo nada de tus poemas salvo que tengo la impresión de que los utilizas para expresarte seriamente.

    Termino agradeciéndote que aportes tu talento, tu trabajo, tu risa y —de paso— tu rebeldía, tu crítica social y tu carácter subversivo a los lectores de Falsaria.

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Ir a la barra de herramientas