Soy Libre… ¡todavía!

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¿Acaso no es la libertad el primer don del ser y la felicidad el fin de su existencia?

El cacareo oficioso del siete de Junio, que se celebra los galardones (premios) que el gobierno otorga a los comunicadores y periodistas por mantener incólume (sin daño) la libertad de expresión… y de prensa que consagra la Constitución mexicana, me tomó por sorpresa pues estaba yo atareado y preocupado por aten­der una comparecencia que el Ministerio Público me imponía —precisa y paradójicamente ese día— por una demanda interpuesta en mi contra, y a causa de un artículo periodístico que lesionaba la buena fama —por la difusión pública de los hechos— y los intereses de terceros.

Pero aún que uno debe aprender —sufriéndolos en carne propia— los gajes del oficio de escribano, o sea de aquel individuo cuya ética personal le impone el deber de difundir y comunicar los acon­tecimiento de la realidad social, siempre cambiante y convenenciera, y las más de la veces… ingrata.

Lo curioso de la celebración del día de la libertar de prensa es que son premiados los periodistas y su gremio, y los propios medios de comunicación o el mismo gobierno, por respetar el Artículo Séptimo Constitucional, pero nunca hay una proclama o una «memoria» para quienes, en el silencio de su anonimato por no ser periodistas, dueños o empleados del gremio, hicieron (y hacemos) posible la libertad de expresión, de pensamiento y comunicación. Aquellos que desafiaron a la Inquisición con la lectura de los libros prohibidos de la ilustración y los enciclopedistas; los que conceptuaron los derechos universales del hombre; los que se opusieron al expansionismo colonial, a la explotación industrial… Aquellos que se oponen hoy a la nueva ser­vidumbre de la globalización y la enajenación del trabajo humano: a los nuevos inquisidores de la conciencia nacional y del neocolonialismo a ultranza…

Hoy en día cobra mayor vigencia la «mordaza» subliminal a la libertad de expresión, no obstante la proliferación de los medios, especialmente los electrónicos. Pues si en el absolutismo novohispano el pueblo de la colonia está advertido, de una vez y para siempre, «que había nacido para callar y obedecer»; en el mundo de hoy la «mordaza» estriba en que nada hay en la realidad codificadora si no ha aparecido en las pantallas, las radiositonías o las columnas o espacios que despliegan la nueva verdad: «compra, luego existe…y existes, porque te ves».

Nadie recuerda ya a quienes en reuniones literarias leían, asimilaban, comprendían y esclarecían los principios y doctrinas de los filósofos y pensadores que hicieron posible el avance del liberalismo y la apertura del pensamiento; de la consagración de los derechos del hombre y del ciudadano como ente social: mandante y pagante del gobierno… y recipiendario del bienestar, la libertad y los bienes sociales que le hagan feliz.

Es así que todos los ciudadanos del gremio o los anónimos escribanos debemos congratularnos porque ya pasaron los tiempos en los que leer, escribir, editar o imprimir, vender o poseer un libro o un periódico, no tan sólo fue «un grave cargo de conciencia como el de Miguel Hidalgo o José María Morelos, sino materia de un juicio, escarnio  o satanización, en el que hoy pudieran sentar en el banquillo de los acusados —ante el Santo Oficio de los oficiosos Torquemadas o Savonarolas de la 4T— a los propios directores, editores, impresores, fotógrafos, reporteros, columnistas y analistas, y hasta a los modestis colaboradores de un medio impreso: aquel que hace posible el  apotegma de «la verdad os hará libres»

Los medios de comunicación masiva se levantan hoy como invencibles competidores desiguales —por su alcance y poder económico—  que nos roban el tiempo y la atención, hipotecando nuestro juicio e inte­ligencia. En la antesala de una cultura visual, de estrechamiento de la visión humana «del nosotros», que pretende bastarse a si misma con los subterfugios del lenguaje, de la manipulación intelectual y del senti­do común; y ante un arrollador avance técnico «del Pantocrato de la Tecnología» se derrumban las fronteras del espacio individual pensante y emotivo, para acceder a un macroespacio virtual globalizado en donde compartir y consumir, machaconamente, la simultaneidad informativa, la explosión urbana, el ritmo vertiginoso de los rituales deportivos, de la violencia y la contaminación empalagosa de los culebrones telenoveleros, tan obvios y explícitos, que no dejan nada a la intuición a la concordancia o a la intimidad del espectador, cuadrado por la pantalla del  telemarketing, del rating o de la chacota burda como entretenimiento.

¿Cuál es entonces el papel de los medios, de la vía educacional, o el ideal de la sociedad mexicana? La posible respuesta nos mostraría una contrastada radiografía de nuestro pueblo. Si lo que se pretende es ir tirando de la vida —brincando y abusando— por encima de los demás, en un afán de ganar dinero de la manera que sea, estamos perdidos (o muertos en el desierto de Arizona), sometidos a la discordia y a la enajenación nacional. Pero si nos ponemos a pensar en los ideales de nuestra historia, en el ejemplo de nuestros héroes, de los  maestros que supieron enseñar y formar en nuestra conciencia un sentido de pertenencia de comunidad con origen y destino, debemos en­tonces buscar un arquetipo, un escultor de seres vivos, que como el maestro de antaño, enseña y moldea, no tanto porque sabe de su materia, sino porque está habilitado para pensar y para obrar en consecuencia del bien.

Busquemos al hombre, rl que además de sabio, sea entendedor y humilde. Que tenga sentido y espíritu de competencia: que como el deportista participe y cumpla con honor. Que aprecie el trabajo como la fuente de su riqueza, y que ejerza la libertad compartiendo la felicidad con sus congéneres. Que sea como el alfarero: que sienta el contacto con la tierra, la que moldea con sus manos, que le dan forma a su barro, lo esculpe… y premia su trabajo con el aliento del arte.

 

CORTEX

 

 

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