El sabor de las personas cambia con los años, y depende de su estado de ánimo, del viento que les dispara en la mañana y de la luna que los pisa en la noche; también depende de lo que hayan comido: carnes rojas de vergüenza o granos indisciplinados; sopa perdida en la falda de un “te quiero” o manzanas desnudas a medio cantar, y si han bebido de más les sale por la piel olor a derrota amanecida, pero no los recomiendo: dan extrañas migrañas con alucinaciones de dragones enfurecidos, sirenas de ríos poco profundos y máscaras de madera envejecida lloviendo a cantaros. No lo recomiendo. La cultura popular avisa que la carne de ninfa bañada en cerveza ofrece un orgulloso sabor a pollo. No es cierto, pero sé que hay pollos que al degustarlos te atacan imágenes de alocadas encargadas de restaurantes de carretera, sobre todo al comer las alas, que recuerdan los muslos sudados y malheridos de muchos turnos de mala paga. Las mujeres tienen un sabor marinado en llanto de queso fundido, y las de treinta y más historias, llevan semillas en la cintura, se adoban la garganta con poemas sin memoria, y los domingos aromatizan de almizcle los muebles donde se posan. Pero no todas saben igual, eso depende: de medio siglo en adelante, y si han llorado con regularidad fatigosa, navegan entre la madera encerrada y mantel de cocina, sábila seca y pasto de camino olvidado.
¿A QUÉ SABE LA GENTE? (Pequeños secretos de cocina)





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