Los sonidos de esa noche

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Los sonidos de esa noche

 

Había caminado tres kilómetros y medio cuando divisó una pequeña cabaña. El camino había sido agotador  en esas calles de tierra y ripio. La madrugada se había tornado un tanto fría y tenebrosa, si contamos además de la espesa oscuridad los sonidos propios de los sitios descampados. Sonidos de animales, del crujir de la madera de los árboles, del propio caminar… de la misma noche.

Había decidido huir esa madrugada y llevarse consigo solo sus deseos de libertad. La noche se mostraba serena y la única luz que veía era la que proporcionaba apenas el cuarto creciente de la luna. Algunas nubes opacaban ese poco de luz y caminar, a esas horas y en ese sitio, se tornaba cada vez más difícil y problemático. Pero él continuaba su recorrido. Firme, certero de que eso era lo que hace tiempo planeaba.

La cabaña tenía una luz tenue afuera. Pero adentro era todo oscuridad. Al acercarse, apenas cruzando el alambrado, un perro de caza comenzó a ladrar insistentemente, tanto que de repente una luz se encendió dentro de la cabaña. El detuvo su  marcha, pero se quedó de pie, al lado de una tranquera, dejándose ver. Una mujer de avanzada edad asomó sus cabellos entrecanos por la ventana, envuelta en un chal de tejido rústico. Él levantó la mano, a modo de saludo pero permaneció cautivo al piso. La mujer  desapareció de la ventana para aparecer luego en la puerta de madera a la que le quitó el tronco que la trancaba por detrás. Algo le decía, quizás, que la visita nocturna no era de temer.

Cuando la mujer abrió, le hizo señal que se acercara y él tímidamente comenzó a caminar. Vergonzoso de los harapos que lo vestían y de su aspecto deplorable, el muchacho se fue arrimando, atento a los ladridos amenazantes del can.

La mujer lo hizo pasar, le ofreció una taza de algo caliente y le preguntó qué hacía por ahí a esas horas. El muchacho no podía contestar. Estaba nervioso. Con la garganta seca. Sólo dijo que estaba huyendo de algún lugar del que tampoco tenía la certeza cuál. Solo recordaba que tenía que huir, con su morral cargado de deseos de libertad, de nervios, de recuerdos que se le borraban y de esperanzas. Ella sintió una profunda pena por él, porque estaba desnutrido, lastimado y tenía algo especial en su mirada. Algo le atraía de ese joven con la piel curtida por el sol y las manos lastimadas de -seguramente- realizar tareas forzosas. Mientras el joven bebía con ganas el caldo caliente, ella le contó que vivía ahí con su esposo, que hacía casi una década estaban los dos solos en ese lugar y que tenía un dolor en el alma que nadie podría curar. El joven la miró con ternura y se acurrucó del frío.

Cuando se animó a hablar, o le salieron las palabras gracias al caldo tibio que hizo entrar en calor sus cuerdas vocales, preguntó si podía quedarse a pasar la noche y aseguró que a la mañana siguiente se iría, antes que su esposo despertara. La mujer le contó que su marido había ído al pueblo más cercano a buscar víveres porque venían épocas de mucho frío y ya estaban viejos para trabajar y salir a buscar alimentos y le dijo que podía quedarse hasta que se sintiera mejor y luego, cuando quisiera,  marcharse. Le armó un lecho para dormir, cerca del hogar semi encendido y le ofreció una frazada tejida a cuadros de colores. El joven durmió mientras la anciana lo miraba. De sus ojos caían lágrimas de tristeza al recordarle a su querido Fermín, aquel muchacho al que crió con tanto cariño y una noche lluviosa, se perdió entre la furia de la tormenta y la fuerza del manto de agua que traía el río crecido. Mientras él soñaba vaya a saber con qué entre las sábanas de su cama tibia y protegido por la frazada multicolor; ella soñaba con el recuerdo de aquel pequeño que la vida le puso enfrente una tarde mientras tomaba mates con su esposo, a la orilla del mismo río que se lo llevó. El mismo río donde lo conoció…perdido… abandonado… con su cañita de pescar que ella aún conservaba. Soñó con su sonrisa blanca, sus dientes perfectos, su manera de dormir tan particular. Hecho un ovillo.

Dejó al joven durmiendo y se fue a descansar.

Entre los sueños y las pesadillas, el joven despertó exaltado. Abrió los ojos y algo lo hizo recordar el pasado… En una esquina del comedor, entre unas flechas y un arco vio una caña de pescar apoyada contra la unión de las dos paredes. Muchas imágenes volvieron a su cabeza en ese instante.

Ya era el amanecer. Pensando que todo había sido un sueño la mujer corrió a la sala a ver si estaba allí el muchacho. Y aún no sabía si soñaba o era real. El joven tenía la caña en sus manos y una sonrisa familiar.

-¿Cómo te llamas? – le preguntó.

Fermín, contestó el muchacho.

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