Al final de la jornada, ya con el sol oculto tras los tilos de la acera de enfrente, me abrigo, saco mi sillón de loneta a la puerta de casa y me siento a fumar la pipa del día.
Mi perro se acerca por unas caricias y se echa a mi lado.
Un lujoso y fino tapiz flota sobre las gastadas baldosas. Son las secas hojas caídas de los dos fresnos que adornan mi vereda. Mezcladas con las de los tres grandes tilos que tengo a la derecha.
A través del tenue humo del tabaco miro ondular la maravillosa alfombra dorada, que tiembla y palpita al son de algunas ráfagas de una fresca brisa, que, pausadamente, insiste en deshojar, como con manotazos sin sentido, las ya amarillentas pero aún densas copas.
A borbotones, las hojitas van cayendo, sin ningún apuro, lentamente, danzando, girando, flotando, gozando y brindando sus últimas piruetas.
Ya se prenden las luces. El sol se apagó. Y la pipa. Todo está quieto.
Entramos. Pero el viejo y siempre nuevo espectáculo sigue.





Opzmo
Hola, Pablo. Lindo relato de lo que nos espera a la vuelta de la esquina, si llegamos hasta allí, je je je. Que tengas una linda semana, hermano.
viky
Lindo poema. Todavía no estoy en el otoño de mi vida, pero ya estoy haciendo lo que me gusta, escribir, cuidar de mi familia y amar a Dios.
Describes muy bien la danza de las ojas de otoño. Recordé las de mi cerezo.
Un abrazó afectuoso a la distancia, desde Chile.
Luis
Me gustó esta descripción otoñal de la existencia. Un saludo y mi voto!