1. No te fies de las voces (I,4)

    Se levantó de la poltrona y se sacudió de sus pesadas reflexiones. La noche moría al otro lado de la ciudad y pronto el alba se instalaría en su cotidianidad vacua. Caminó hacia la ventana para observar la calle desolada que se perdía en la oscuridad y se fijó que, en un extremo del marco, una araña pendía de un hilo sedoso. Parecía tejer, por la inconstante agitación de sus patas. Expulsó el vaho azulado y la araña se estremeció de un lado a otro sin dejar de moverse. Le era familiar su ocupación afanosa y se identificó con ella, porque la suya era inútil también. Al igual que noches anteriores, luego de ver el barrio a través de la ventana se dirigía al espejo grande de la sala que abarcaba una pared entera. Escasamente alumbrado por el rayo lunar, aspiró su cigarrillo y exhaló una bocanada de humo frente a él esperando que una mujer, cautiva detrás del cristal, asistiera a la cita vespertina. Se reconcentraba en su reflejo de pies a cabeza deseando idiotamente que una efigie femenina maquillada de negro surgiera del cristal y lo reconfortara de su miseria espiritual. Se dio a la tarea de imaginarla minuciosamente pretendiendo que algún demonio subalterno le otorgara vida gracias a su aliento a nicotina. Era la belleza de la que tenía hambre: ojos profundos preludiantes de dicha, cabello azabache largo hasta la cintura enmarcando un rostro níveo, inexpresivo y frío, labios escarlata, sutilmente abiertos invitando al beso… cada uno de sus detalles los concibió muchas noches de insomnio creyendo que su pretensión creadora tendría éxito, pero el respirar estentóreo de su mujer, que dormía en la habitación contigua a la sala, lo sacó del trance advirtiéndole que se acercaba la hora de partir. Aspiró el cigarrillo con profundidad, trayendo a la memoria cómo la conoció. Un amigo en común los presentó en el bar y su cuerpo delicioso lo llevó a convivir con ella sin mayores miramientos, aunque con el paso del tiempo se convirtiera en el bulto durmiente que calentaba su lecho. En un ayer no muy distante la disfrutó hasta el hartazgo, detalladamente sus labios -Esos mismos labios que apretaban el pucho, indolentes de su extrañeza- exploraron los rincones más húmedos de la hembra que con sus extáticos gemidos lo enloquecieron, sus manos se agotaron en las lascivas curvas de su adquisición y como vampiresa ella consumió su energía viril hasta dejarlo vacío como una concha. Al sentir que ya no podía subvenir a su lujuria insaciable, para salvar el matrimonio de la cama le propuso, en lugar de la cópula aburrida, la masturbación como alternativa. Inicialmente ella se negó, pero luego, azuzada más por la curiosidad que por el placer, aceptó: pensó que tales sesiones de autocomplacencia compartida podrían prolongar la flama de lo que hace mucho se había extinto. Aunque ella accedía a su capricho y con habilidad manual lograba satisfacerlo, una de muchas noches dejó de corresponderle con la pasión que él pretendía y no la estimulaban ni sus besos ni sus caricias. Cuando intentó cumplir con su parte en el convenio, al tantear la intimidad de su mujer descubrió la vergonzosa verdad que no se atrevía a aceptar por temor a la soledad: le era infiel y ahora lo sabía. Se explicó, a la luz de esa evidencia, el sudor agresivo que impregnaba sus sábanas y el sueño plácido en que la encontraba al regresar del trabajo, adornado por esa sonrisa fatigada que lucía en sus remotas noches de pasión muerta.   El reloj llegaba a las cinco, hora propicia para salir. Esperaba la puntualidad de las cinco para aplazar su singular sacerdocio y...
  2. Hotel sexy hotel

    Aquella mañana no era capaz de concentrarme, no dejaba de fantasear acerca del sexo con Ismael Aquello me tenía dispersa...

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