Nací una tarde soleada de invierno, en una casa de cantera rosa. Como fue al final del año, siempre le atribuyeron un año más a mi edad cronológica, pero en la apariencia de las cosas parezco un lustro más lozano. O sea que cumplídos 70 años me convertiré en un «septágenario vetabel». Y me parece que es una oportuna paradoja que nos juega la secuencia del tiempo con la edad para desvanecer la ordinal y, a su vez, lucrar con la aparente.
Algo así como la relatividad del tiempo y del espacio en las líneas paralelas que, eventualmente, se cruzarán en la curva de la existencia. Si se pierde el equilibrio habrá una colisión; habrá caos, confusión y extinción por decaimiento de la energía; pero si se conserva el equilibrio -la vigencia- entre experiencia y potencia, entonces el ánimo que todo lo mueve se mantendrá chispeante, y sus destellos nos mantendrán joviales como el retrato del eterno adolescente o del mismísimo Dorian Gray. Como cuando recordamos a nuestra novia de la primera juventud -la que quedó sumergida en el pasado- y no queremos verla porque no queremos vernos envejecer ante sus ojos; porque no queremos ver el reptil escamoso de la vejez reptar sobre nuestra piel… a la vista de todos.
Y acaso tengamos razón, puesto que el ingenio humano y la naturaleza pródiga nos ofrece los medios para detener -hacer resiliencia de imágenes y sensaciones- de las evocaciones de nuestra entrañable juventud:
«Oh juventud primera/yo te he visto pasar/cual mañana temprana/que al final de la aurora/aún me deja sentir».
Aquella que se enriqueció con la experiencia y se murió con la pasión y la lujuria de vivir. Y es que haciendo un recuento del trayecto que me ha tocado vivir, no puedo sino reconocer la generosidad con la que la vida me dotó:
Me hizo nacer sano y a tiempo y me dio temperamento y carácter.
Me hizo resplandecer como el sol y me dio una madre dramática.
Me otorgó un padre dulce y sabio y me dotó de una mente autodidacta.
Me dio tres maravillosas hijas, dos esposas y una historia.
Me entrelazó con 59 ninfas y me dio 5 amigos entrañables.
Me mueve a sentir la pasión de vivir y el asombro de escribir.
Pero, ¿en qué se sustenta tu optimismo, si no has acumulado poder?
Si la experiencia ha menguado tu potencia. Si no eres rico, ni famoso, ni poderoso. Si no estás con el partido pudiente, ni con la institución protectora, ni en el club de moda. Si no vives en residencia campestre o en penthouse; ni te codeas con la aristocracia del dinero o los barones de las cúpulas políticas. Si no perteneces a los círculos de notables de la academia y la cultura: ¿En qué te sustentas, docto septavetabel?
¡Me sustento en la libertad, en la conciencia de ser y elegir lo que soy! Un escribano autodidacta que sabe pagarse su boleto en la vida y ejercer la ciencia de curar. Capaz de analizar el mundo y expresar sus ideas, contribuyendo a la toma de conciencia colectiva, al compromiso con mis coterráneos, de luchar por un país, por un pueblo dispuesto a compartir una existencia feliz.
Y, cerca del ocaso, ¿cuándo será que ese vetabel empezará a ser caduco?
Se puede decir que una vez que su organismo deje de crecer, pues su ciclo vital le impone esa secuencia ordinal de eventos que principia con el nacimiento y culmina con la muerte. No es la edad cronología la que dicta nuestra condición biológica, sino la vigencia jovial y saludable que demos a nuestra vida. Somos las únicas criaturas finitas, que sabemos que el fin es inevitable.
Después de los 60 años el individuo hace conciencia de las cosas que no logró en su vida familiar o laboral. La energía vital decrece y las funciones y relaciones sociales se estrechan. La jubilación -que significa júbilo- amenaza al asalariado, pues implica el cese de sus actividades productivas y la mengua de los ingresos monetarios. La pérdida de familiares y amigos y el abandono de los hijos agravan el aislamiento y le agrian el carácter. La falta de ejercitación física y de atención médica especializada (gerontológica y recreativa) le confinan su existencia convirtiendo a ese individuo en un viejo inútil o cascarrabias.
Es así que a los 70´s se llega a la vejez, al principio del fin, etapa en la cual el ser humano ha perdido a su familia, a su empleo, tal vez a su cónyuge y deambula desencantado o vegeta encerrado en sí mismo para no causar molestias, incomodidades o vergüenzas a los intolerantes miembros de su familia o comunidad política que le dan mendrugos en vez de solidaridad contante y sonante.
Si no tiene poder económico: propiedades, patrimonio o herencia no podrá ejercer autoridad o influencia.
Si no tiene poder político o gremial no podrá exigir un esquema de atención múltiple o especializada frente a las instituciones de seguridad social. Tampoco tendrá poder para demandar una pensión suficiente frente al SAR-INFONAVIT-ISSSTE-IMSS o el reembolso de sus fondos pagados con su trabajo y productividad a las aseguradoras del SAR.
Si no tiene poder no podrá reclamar a la comunidad y al gobierno -a la sociedad díscola y egoísta- respeto y ocupación en lugar de caridad y demagogia.
Si la vejez no tiene poder, deberá tomar el camino del lobo estepario y en silencio desaparecer en el ocaso y el hielo de la ingratitud.
Y quiero concluir afirmando como los irlandeses Wilde y Joyce: «La vejez, aunque en apariencia inútil, es ciertamente admirable:
¿O acaso las obras de arte, los tesoros de los museos, no lo son?
Esos viejos que, como las joyas pulidas por el tiempo, nos alegran la vida alertando nuestra existencia».
Yo que quedo con mi viejo… el retrato del artista adolescente… comprado al sorprendente Dorian…
CORTEX





Esruza
Excelente disertación, aunque no estoy de acuerdo en algunas cosas.
¡Felicidades! y…mi voto
Stella
Cortex
Mil gracias, querida Stella.
Muy tuya, la opinión. que espero
desveles.
CORTEX
Esruza
Lo siento, no sé qué hay que desvelar.
Stella