«El amor es una pulsión que produce confianza;
la impotencia, la inhibición para producirla».
F. MOLKAS
En la sociedad contemporánea la unión con el grupo predominante es la forma de resolver el estado de separación-indefensión individual. Se trata de una unión en la que, el ser particular, desaparece en gran medida y cuya finalidad abona a la pertenencia al rebaño: azul, amarillo, rojo o variopinto. Si soy como los demás, si no tengo rasgos o pensamientos que me hagan diferente; si me adapto a las costumbres y modas que impone el grupo, estoy salvado de la terrible experiencia de la soledad.
Los regímenes dictatoriales utilizan el terror y la propaganda para provocar esta conformidad. Las democracias, aceptan en teoría y con subsidio las disidencias, y en los estados totalitarios solo un puñado de mártires y héroes insólitos se niega a obedecer. La razón radica en el hecho que debe existir una respuesta a la búsqueda de unión (amor) y —ante la ausencia de una distinta o mejor— la conformidad con el rebaño se convierte en la fórmula dominante.
El miedo a ser diferente, a estar solo o tan sólo unos pocos pasos alejado del rebaño, resulta evidente si se piensa en cuan profunda es la necesidad de no estar separado. A veces el temor se racionaliza como precaución a los peligros prácticos de la autoridad, la inseguridad, el desempleo, el Covid, etc., pero la verdad es que la gente ni siquiera tiene conciencia de su necesidad por el conformismo. Vive con la ilusión de que es individualista y simplemente sucede que sus ideas son iguales que las de la mayoría enchufada al televisor o watsup.
La necesidad de sentir alguna singularidad personal se satisface con diferencias menores: las iniciales en la cartera o el llavero o la camisa, la afiliación al partido o al club o al equipo de fútbol; al lema publicitario o marca (soy toda palacio) o el «logo distintivo» que lo único que nos muestra es esa patética necesidad de diferenciación (todo mundo está pensando en su Beca) cuando en la realidad casi no existe ninguna.
Esta creciente tendencia a eliminar las diferencias se relaciona estrechamente con el concepto de igualdad, tal como se está desarrollando en las sociedades globalizadoras. En un contexto religioso, igualdad significa que todos somos hijos de la divinidad, que estamos hechos con la misma substancia, que todos somos uno. Significa también que cada uno de nosotros constituye una entidad diversa, un cosmos én sí mismo. Significa (según el iluminismo de Kant) que ningún hombre debe ser un medio para que otro hombre realice sus fines. Que todos los hombres son iguales en la medida en que son finalidades, y sólo finalidades, y nunca medios (explotación) de los unos para los otros.
En la sociedad globalizada, el sentido del término igualdad se ha pervertido. Por ella se entiende la uniformidad de los autómatas, de los hombres que han perdido su individualidad. En nuestro tiempo igualdad significa identidad (cartilla) antes que unidad. Es la identidad de las abstracciones; de los seres que trabajan en los mismos empleos, que tienen idénticas diversiones (Big Brother, fútbol, chacotas y culebrones); que leen los mismos periódicos y pasquines, que tienen idénticos pensamientos e ideas (chúpate una pexi). En este contexto también deben recibirse con cierto escepticismo algunas conquistas celebradas como progresistas, tales como la igualdad de los sexos, ¡perdón de las mujeres! Y es que los aspectos positivos de estas tendencias a la igualdad no deben engañarnos: ya que forman parte del movimiento hacia la eliminación de las diferencias.
Tal es el precio que se paga por la igualdad: las mujeres son iguales porque ya no son diferentes. El postulado iluminista de «el alma no tiene sexo» se ha convertido en práctica general. La polaridad de los sexos está desapareciendo y, con ella, el amor erótico, que se basa en dicha polaridad. Hombres y mujeres somos idénticos, no iguales, como polos opuestos y complementarios. La sociedad contemporánea predica el ideal de la igualdad no individualizada,..porque necesita átomos (votos por mendrugos) humanos, para hacerlos funcionar en masa, suavemente, sin fricción; todos obedeciendo las mismas órdenes (mensajes televisivos del Big bodi orweliano) y no obstante, todos convencidos de que siguen sus propias pulsiones. Así como la moderna producción globalizada requiere la estandarización y maquilación geográfica de los productos, también el proceso sicosocial (político) de acondicionamiento propagandístico requiere de la estandarización de la gente, la que se convierte, fatalmente, en la llamada igualdad o uniformidad consumista.
La frecuencia del alcoholismo, la obesidad y la diabetes, la afición a las drogas, la sexualidad compulsiva y sus desviaciones, la depresión y el suicidio constituyen los síntomas del fracaso relativo del esquema de la conformidad tipo rebaño. El individuo es introducido en el patrón de la conformidad a la edad (pre-escolar) de 4 años… y a partir de ese momento nunca pierde el contacto con el rebaño. Aún su funeral, que se anticipa como la última actividad social importante, se cumple estrictamente de acuerdo con el patrón: «te hacemos este reconocimiento biográfico y curricular, porque has cumplido tu ciclo de conformidad existencial estadística».
Desde el nacimiento hasta la muerte: de lunes a lunes, de la mañana a la noche: todas las actividades están rutinizadas y programadas conductivamente. Cómo puede la gente, presa en ese «tinglado reflejo» de actividades rutinarias, recordar que es un ser humano producto del amor, al que solamente le ha sido otorgada una única oportunidad de vivir, con esperanza e ilusion, con dolor y temor, con el anhelo de amar y el miedo a fundirse, a perderse, en esa inexorable separación uniformadora. “Make love, off the gadgets”.
CORTEX
.





Escribir un comentario