La Endemia que Llegó

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¿Abusado o inteligente 0 todo lo contrario?

 

Stekel, fisiatra y sexólgo de Gotinga, posterior a Freud, decía que estúpida es la persona notablemente torpe en comprender las cosas: «que el ente fatal, el instintivo, al igual que su equivalente opuesta, al no comprender nada, estaba imposibilitado para amar e intelegir».

Sin embargo parece que las cosas no son así, ya que la manipulación de los medios electrónicos sobre los sondeos de opinión y los resultados poll-out de las votaciones nos dicen lo contrario, al grado que ya no sabe uno a quien creerle: si a la autoridad o al pantocrato propagandístico del régimen.

Es entonces cuando la disertación del profesor Cordova de la Facultad de Ciencias de la UNAM toma sentido. Parte de la premisa de que lo opuesto a la ciencia no es la ignorancia sino la estupidez. Que en las universidades existe la extendida costumbre de enseñar y acumular un conjunto cada vez más grande de conocimientos: sistemático, coherente, verificable y valioso por sí mismo. Pero, dice Stekel, la abundancia de conocimientos no elimina, pero si disimula la estupidez, puesto que, «no existe, desafortunadamente, vacuna alguna en contra de ella» y sí, por el contrario, es notable que nadie esta exento de decir estupideces; aunque lo grave es decirlas con autoridad áulica.

Es así que la particular amalgama de estupidez con autoridad, es quizá el vicio más grande de la supuesta enseñanza de las ciencias en las universidades del país; y a que se olvida que la ciencia es también un método, una actitud, un proceso que por su naturaleza pone en entredicho los paradigmas, es decir: los conocimientos adquiridos que la mayor parte de la gente considera válidos e inmutables por repetitivos.

 

La estupidez es uno de los fenómenos comunicativos con mayor capacidad de propagación, ya que, en la medida que una persona se integra a un grupo, la estupidez se vuelve la norma y medida de esa incorporación. En cambio sí es la inteligencia, el cuestionamiento o la singularidad —la variante para encontrarse a sí mismo- resulta que uno termina aislado o excluido, ya que la mayoría de la gente lo perdona todo, menos la inteligencia, pues amenaza la dicha, la seguridad, la sumisión y la complicidad afectiva del “rebaño”.

Aunque a estas alturas se ignore qué es la estupidez puede considerársele semejante a la energía —una constante en las transformaciones— razón por la que «la pentostez» no se destruye sino sólo se transforma. Y pese a que no sepamos qué es, sí sabemos, en cambio, que no afecta solamente a un usuario, sino que los demás también sufren sus consecuencias como en una reacción en cadena. He ahí, precisamente, uno de los mayores inconvenientes de esta «endemia», ya que no duele ni tiene síntomas distintivos.

Algunos de los signos que según Cordova configuran la estupidez son los siguientes: repetir las respuestas que otros han elaborado; hallar sin haber buscado; aceptar afirmaciones peligrosas (no por chafas sino por obvias y sacadas de contexto); declarar por mero ejercicio de autoridad oficiosa, etcétera. Y lo peor, que estas afirmaciones son peligrosas precisamente porque se muestran absolutas, puras y universales, es decir: «como si fueran toda la verdad, la pura verdad, la eterna verdad certificada por el Pejeyac».

En tanto que la ignorancia de la propia estupidez es lo más cercano a la felicidad, dos parecen ser las fórmulas de la felicidad perfecta: Una, parecer estúpido; Dos, serlo.

¿Qué le parece, estimado lector? Esto tiene visos de «pandemia no estacional» y, al parecer, no hay antídoto ni vacuna que valga.

 

 

CORTEX

 

 

 

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