La manzana roja le recuerda a la gota de sangre que explotó en la baldosa blanca del suelo al cortarse un dedo. Ella brilla inmensa en lo alto del armario. Nadie ha querido jamás su piel, y sin embargo, él le sonríe desde el pequeño escalón de sus ojos. Nadie en la cocina. El gato blanco duerme junto un exceso de galletitas con su dibujo de pez. Él niño se hurga la nariz sin cuidado. Te harás sangre repite su madre en la conciencia. De puntillas no la alcanza. ¿Te la pelo? insiste la voz de su madre en la cabeza. La manzana es una mentira enorme sobre el armario, que sin embargo, desea. Tal vez, querer lo inalcanzable. Un mordisco con su diente de leche inestable. Un dolor tan placentero, que ni al colocar la segunda silla de madera sobre otra silla y escalar, logra alcanzar. Le faltan centímetros. Le falta tiempo; y éste, al mismo tiempo, redundancia incluida, se termina. Mamá regresará. Su compra, sus órdenes, sus reglas, sus prisas y sus prohibiciones. Sobre su deseo cae la oscuridad.
Los juguetes desordenados ocupan la moqueta del salón. La caja que los guarda aparece vacía junto al televisor. Papá bebe una cerveza, su hermano juega en el patio con un balón.
La manzana la trajo la abuela una noche de Navidad. “Quédatela, os dará suerte. Era de mi madre” dijo sonriente mientras ordenaba cada plato con mimo sobre un mantel de color plata. Platos, servilletas, copas y cubiertos. “Debes aprender el orden, es muy importante”, repetía a sus nietos. Ellos sentados, observan con dulzura, admiración e interés la sabiduría de aquella anciana. Ella tenía todas las respuestas, y ellos demasiadas preguntas.
No encuentra nada en la cocina. No ve la manera de una silla más. La montaña de dos se inclina hacia la izquierda, el sol rompe el color de las cortinas y el televisor ríe a carcajadas. Corre al marco de la puerta, escucha el grito de una voz, nadie en el pasillo, y el canto de sirena emerge de lo alto del armario. Entonces la ve. Allí, en la oscuridad entreabierta de una puerta del salón. La escalera que papá le prohíbe tocar.
Pesa. No tropieza. Avanza levantando en exceso las rodillas y equilibra para no golpear la pared. Una sola marca le culpará. De puntillas, la escalera le hace daño en los brazos. Pesa. En el pasillo existe el peligro. Los tres pasos que restan hasta la cocina chillan culpables e infinitos. Mamá regresará con muchas bolsas. Papá pronto necesitará otra cerveza. Su hermano vuelve a golpear el balón.
La manzana roja es preciosa. Luce sin una sola decoloración. Brilla a escasos palmos de sus ojos. Chirrió la escalera al estirarse, perdió la respiración, pero nadie invadió la soledad de su crimen. Aprendió a escalar en el colegio. Y arriba, todo ya es deliciosamente pequeño. Y a un paso, la toca. Y fría, con la piel en la palma de su menuda mano izquierda, todo desaparece; alguien le empuja, y el temblor de sus piernas aletea para hacerle volar; una capa azul y descontrolada velocidad. Superhéroe en la ciudad. Arriba y abajo y vuelta a empezar. Y sonríe, y ríe, y carcajea y alguien canta. Un color, dos, tres, cuatro, cinco y seis pintan un cielo de garabatos infinitos. Sabe a fresa. Respira chicle. No quiere abrir los ojos jamás.
Mamá siempre le besa en la frente. Papá siempre da dos palmadas en su hombro derecho. Su hermano distante, nunca dice nada. Todos firman con cariño. El rotulador rojo brilla en la escayola. Él, feliz. Hay un sueño. Regresar tras el verano, y a hurtadillas, un instante, volverla a tocar.



Daniel, consigues mantener la tensión durante todo el relato. El lector tiene que leer el texto entero para conocer el destino de ese niño. ¡Menos mal que solo se rompe la pierna, y no la cabeza!
Te hago algunas observaciones:
El gato blanco duerme junto un exceso de galletitas. ..duerme junto a…
Luce si una sola decoloración. Esta frase no se entiende
Y vigila los laísmos.
Pasa un buen día.
Un saludo
Los deseos, a veces, no son inalcanzables… lo malo es que en el mismo momento en que los tenemos, aunque sea un breve instante, pierden su magia… su intensidad. Quizá por eso dejamos que se escapen, para sentir siempre esa necesidad de volver a conseguirlos…
Intenso, el sabor de tu manzana roja..
Un abrazo!!
Asocié la manzana al pecado original y el deseo de tocarla, a una relación edípica. Muy buen relato, hace volar.
dannieldiez, te felicito. Sabes hacer una obra de arte con objetos de la cotidiianidad.
Tienes expresiones muy originales, muy hermosas, como esa de “y el televisión rie a carcajadas”, y tantas más, atinadamente utilizadas.
Te admiro, porque,a pesar de tu cota edad, escribes ya como un señorón de las letras.
Atentamente
Volivar Martínez Sahuayo, Michoacán, México
¡Gracias!
Por partes… Tienes razón, Julieta, y ya vigilo los laísmos, pero a veces escapan… Y sí, la frase era una errata y faltaba una ene.
Carmen, hay demasiados deseos inalcanzables… Es lo interesante… Jejeje!
Y diste en el clavo… Nanky, es pecado…
¡Cómo me gusta leerte! Gracias.
Mil gracias, Martín.
Me halaga, y me sonroja la opinión.
Espero verte por aquí, la razón de que escriba.
Taiku, a mí sí que me gusta que me sigas leyendo!!!
y tiene ese sabor a espontáneo..haces una viñeta de cada personaje..el hilo conductor no es muy creativo lo he visto inclusive en algún comercial conocido..pero tu cuento tiene fuerza y lo narras muy bien..
disfruté
Prudencio Hernández Jr.
http://enunmundonuevo.blogspot.com
De algo tan simple como aquello que siempre se nos prohibió en la infancia, un relato con gran potencia.
“una capa azul y descontrolada velocidad. Superhéroe en la ciudad”
Enhorabuena,Daniel.
Un abrazo!
Una excelente narración.
Saludos.
Gracias por la lectura!! Lo cotidiano siempre tiene un espejo hermoso!!
Saludos!!!
Es un hermoso relato que plasma la cotidianeidad desde un hecho muy simple pero con mucha fuerza: el desdeo de un niño. Me encantó y seguiré leyéndote.
Gracias, Silvia.
Me alegra tenerte por aquí y ojalá sigas viniendo. Pronto un nuevo relato!!!