Otro amanecer en suelo británico con juntos, otra mañana de turismo cualquiera.
El tren entró en Victoria Station meciéndose, con la cadencia del hacer de los ancianos. Llegamos en pocos minutos a sus puertas, el monumento estaba lleno de vida y nosotros contentos. El Royal Albert Hall nos esperaba. La emoción de sabernos en el mejor auditorio del mundo despertó todos nuestros sentidos para la visita guiada que acertadamente escogimos. Nos unimos a un grupo de octogenarios británicos que a pesar de su avanzada edad, mantenían la curiosidad; olían a muerto y sonreían amablemente a cada invitación.
La guía, diminuta, desbordaba amabilidad y piropos de aplauso fácil en el caso de que un pregón estuviese recitando. Como si de un puzle se tratase fue abriendo a nuestros ojos cada una de las estancias del auditorio. Dejó que la música de los ensayos matutinos entrasen por los poros de nuestra piel y hayan quedado en la memoria de nuestra visita a esta gélida y acogedora Londres. Para el recuerdo quedará, al igual que el leve cantar de los violines permanecía como un etéreo rumor a la salida del Hall.
Después de pisar sus tablas, estoy más convencida de que la música reconforta el alma.



Sin duda alguna, la música reconforta el alma!! Saludos