El veneno de Javier

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Arto a menudo de la insoportable complejidad del arte de la pintura. Me aferro a la idea de ser un exportador más que no puede hacer otra cosa que maravillarse y quedar extasiado ante un sinfín de líneas que forman un cuadro. Y mi reproche no es sin dudas al talento que pueda tener alguno que otro artista, sino a mi falta del talento mismo para expresarme de tan bella manera. Esa prodigiosidad y entusiasmo que refleja una pintura excluyen los errores de la naturaleza, hace que el mundo adquiera un matiz distinto, un sabor enriquecedor. Siento que las trivialidades se convierten en agradables ocurrencias que nos alimentan la propia existencia.
Siempre será una placentera experiencia sofocar nuestro espíritu ante los cuadros de Leonardo, desde los óleos sobre tabla como “El Bautismo de Cristo”, o “Annunciazione” (La Anunciación), hasta los de tempera sobre tabla que realizó de 1510-1515, llamado “Leda y el cisne”. Nadie olvidaría aquella obra pictórica en la cual trabajó desde 1503 hasta la fecha de su muerte en 1519, adquirida por Francisco I de Francia en el siglo XVI, que se llama “La Gioconda” (la alegre en castellano). En mi modesta opinión todos los cuadros del Renacimiento parecen querer decirnos algo, algo que aún desconocemos. El arte de la pintura es absolutamente embriagador, vemos “La escuela de Atenas” pintada por Rafael, “Santo Entierro” o “El Juicio Final” de Miguel Ángel y no consigues mencionar palabra alguna. Como si de repente las palabras no pudiesen expresar tanta belleza. Podríamos morir ante un “Fusilamiento el tres de mayo en Madrid” o hacer el amor con “La Maja Desnuda”, porque Francisco de Goya como otros, se expresó con mucha libertad, con la libertad de un artista. ¿Quién no conoce la fama de la Capilla Sixtina por los frescos que la adornan? ¿Quiénes no conocen el gran mural “Historia de las Antillas” de René Portocarrero? ¿Quiénes no se jactan con “El rapto de las mulatas” de Carlos Enrique”? La pintura…, la pintura en cualquier etapa de la humanidad y en cualquier país es un alimento para nuestra alma, es un motivo y una razón para continuar viviendo.
Desde la prehistoria, el arte antiguo, el clásico, el arte en la Alta y Baja Edad Media, en la Edad Moderna hasta los contemporáneos son el legado, la historia, el reflejo de tiempos, y no hay que hacer otra cosa que guardar silencio ante lo bello. Hay que guardar silencio ante los que decidieron exponer la imaginación con los escasos y limitados colores.
Si mencionamos algunos ejemplos de las corrientes vemos en siglo XIX al Romanticismo romper con la tradición clasista basada en conjuntos de reglas estereotipadas, y al Realismo pictórico francés intentando plasmar objetivamente una realidad, el impresionismo buscando a toda costa reflejar la «impresión visual, etc., sería una lista infinita de corrientes de todos los tiempos que cuentan, buscan, indagan hasta en las heridas de su realidad imaginativa. Pero una duda se encarga de amenazarme de cruel manera como asesino al acecho de su desorientada víctima. Será que alguien, en algún momento se ha preguntado si eso era lo que deseaba mostrar el artista, si emplearía algún recurso oculto que nadie conoce, salvo el propio artista. Para ello hay que hacer algo por esos fieros irracionales soñadores de verdades. Sugiero centrarme en un autor que me cultivó desde la primera vez que le conocí personalmente, luego me enamoró su obra, para entonces envidiarle profundamente. -¡Envidia buena ven a mí!- Solía gritar yo.
Tormentoso, armonioso y estremecedor reflejo de la vida puedes llegar a conocer un día en manos de la obra de Javier Castillo. La situación entre el arte, el ser y los fenómenos de la sociedad llegan al encuentro y ¡menudo encuentro!
El hijo de su tiempo, en medio de una América moderna y llena de conflicto, dentro de un país que se encuentra injustamente bloqueado se ha desempeñado bajo un fuego abrazador. Con la infatigable batalla de buscar los recursos para crear una obra que en su opinión necesaria para el resto del mundo, más su propia alma se levanta cada día. El encantador y humilde joven que se insertó en el mundo de la pintura dejando así una huella irrefutable en la historia del arte de Cuba. No creo que sea una casualidad en absoluto, puesto que yo conocí el misterio, el misterio de Javier.
Estudió informática en la universidad, donde mostró una habilidad innata correspondiente a su elevado coeficiente intelectual. Curioso, nefelibata, circunspecto y en ocasiones taciturno, eran cualidades que se reflejan en todas sus tareas. Sin embargo, esa alma no se conforma con sus grandes dotes para la ciencia. Para cuando el título universitario llegó a sus manos, su obra artística era digna de exponerse en cualquier museo de París.
Recuerdo esa primera vez delante de uno de los cuadros de Javier, reflejaba el rostro de Rubén Martínez Villena, perfectamente reconocible, los claro oscuro del carboncillo le daban una expresión mística y reluciente. Era muestra indiscutible, que lejos de una imagen el cuadro sugería una idea, era eso, ¡sí!, una invitación a leer al poeta. Pronto descubriría yo que me encontraba en presencia de una exposición llamada “El Rostro de las Letras”, donde los cuadros más que observarte te susurraban. A partir de ese día comencé a sospechar del autor. -¡Estos cuadros son veneno!- Javier emplearía en cada obra su veneno, ese que se toma tiempo y va avanzando en la misma medida que tus ojos observan más. Un veneno que se nutre de ti, sin compasión, porque si hay algo de lo que podemos reprocharle al arte, es que no tiene compasión. Pero eso ya Castillo lo sabía, y preparaba su veneno en madrugadas, con afilados pinceles que le jurarían lealtad hasta cobrar otras vidas.
Nadie nunca me hubiera dicho que en mi propia isla, tan lejos de la “vieja Europa”, tan salsera y cafetera, tan mía como tuya, se encontraba el veneno que conducía a la inmortalidad.
Javier juega con venenos todo el tiempo en cada una de sus obras, hace una mezcla de elementos con teorías científicas para consolidarla. Venenos para envenenar la ignorancia, la iniquidad del espíritu, las vulgares sustancias que contaminan al mundo, su obra es una mutilación de nuestro salvajismo, el reflejo de una idea, de una nacionalidad y una patria que abre sus brazos como un niño recién nacido. Ese veneno que solo haría un artista que se ha hecho esclavo de los propios deseos de la imaginación. Y digo artista, porque así lo llamamos los que duermen con demonios creadores. Quizás un locos se hubiese limitado a teñir realidades. Yo conozco el secreto de Javier, el secreto de su arte se encuentra en el veneno que brota de su imaginación.
Definirlo en este momento sería guillotinar su obra, y ese es precisamente un lujo que no podemos permitirnos. A Jacob, (como le decimos sus amigos) su genialidad no le profana los sueños, ni los goces de la vida. Ese goce acogedor que te hace vivir para el Arte, enredarte y desenredarte, para luego volverte a enredar. Porque jugar con los venenos de Javier provoca creación de nuevos y exquisitos deseos. Su veneno procurador de duendes creadores, ideas, y hechos, susurros y búsquedas, pasiones y sobre todo gritos desesperados, gritos que una vez tienen que ser escuchados por todo el cielo y el infierno. Entonces el diablo llora.
Qué es el Arte sino, ese veneno que mata la ignorancia cuando observas los cuadros de Javier Castillo, ese deseo que en sus manos sugiere transitar por tus venas para proferir una vieja mala palabra, y luego continuar “… ¡no es posible!”, es su alerta violentada, es una señal de la exposición “Reminiscencia”, es un poema con colores y acuarelas, es el cuadro enorme de un Indio, que pocos han visto, es la osadía de un joven, es la armonía de sus trazos, es su discurso general, su filosofía enmarcada y las que aún no se han paseado por la nobleza de la curaduría, es la crítica de sus colores, es ese rostro con lápiz que cuelga de la pared . -¡Arte, ven y mátame otra vez!-
Si alguien hoy me preguntara sobre la obra de Javier Castillo, mi respuesta sería siempre una sola palabra, sin dar argumentos al respecto, esa palabra sería «Reflejo». Es lo único que salva la obra de un pintor y la convierte junto a su veneno en el elixir de la vida y de tu propia inmortalidad.

Walter Alan Nielf
La Habana, 30 de octubre de 2019.

Comentarios

  1. Mabel

    14 marzo, 2020

    Muy buen texto. Un abrazo Walter y mi voto desde Andalucía

  2. Jaco

    15 marzo, 2020

    Walter, no exite destreza artística que pueda plasmar toda la emoción que sentí mientra leía tu textos Lo más importante para un artista, para un verdadero artista es el entuciamo de quienes reviven sus obras, eso no lo paga nadie, solo existe en la mente y los sentimientos.

  3. Walter Alan

    15 marzo, 2020

    Gracias Jaco, soy quién no tiene palabras para expresarme ahora. Un fuerte abrazo.

  4. Elina

    15 marzo, 2020

    Eso es arte y emoción.. me encanto.

  5. Luis

    15 marzo, 2020

    Muy buen texto. Un saludo y mi voto Walter!

  6. Mr Beni...

    18 mayo, 2020

    Veo mucha sabiduría y genialidad en este texto, saludo y mi voto!

  7. Walter Alan

    18 mayo, 2020

    Mr Beni… Muchas gracias por su comentario. Un abrazo desde La Habana.

  8. MP

    20 mayo, 2020

    Recordaba cuando te leía el libro de Georges Bataille «La literatura y el mal» o poetas malditos de todas las épocas Baudelaire, pintores malditos «El Bosco» «Caravaggio» arte que por supuesto elijo, Un abrazo

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