¿Soy yo?

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    Después de la última discusión, el silencio se instaló en la sala de estar. Un silencio denso, casi sólido, que cementaba los oídos y obturaba las gargantas. Un silencio que ya no merecía la pena intentar romper. Así que se levantó del sillón, se puso el abrigo y cerró la puerta principal sin preocuparse siquiera de descargar parte de su enfado en forma de portazo. Porque hacía tiempo que ya no era enfado lo que le mordía las entrañas. Era algo peor. Algo parecido a la apatía. Algo dolorosamente próximo a la resignación. Y le entristeció estar seguro de que a ella le sucedía lo mismo. No sabía cómo había ocurrido, cuándo había empezado el fin. Pero estaba claro: ya no se soportaban. Al salir a la calle se detuvo a encenderse un cigarrillo. Pensó dónde podía ir para desconectar, para animarse un poco y conseguir forzar una sonrisa al volver a casa. No se le ocurrió ningún sitio. Además eran más de las once de la noche de un lunes y el frío plateaba el asfalto. Tan solo el bar chino de la esquina permanecía abierto. Se refugió en él y en el calor helado de una cerveza. Un par de solitarios machacados se acodaban en la barra mirando absortos la tele. Los minutos de la basura de un partido de media tabla. Cero cero. Cuando el árbitro pitó el final y la fosforescencia verde del césped fue sustituida por la publicidad, ambos hombres siguieron mirando la pantalla con la misma atención vacía. Aquello hizo que se le quitaran las ganas de beber. Dejó la cerveza recién empezada y un par de monedas sobre el mostrador y salió a la calle. Decidió dar una vuelta a la manzana antes de subir a casa. Y mientras caminaba se sorprendió pensando que probablemente aquel era el último giro de una vida en espiral hacia la nada. Ya frente a su portal echó mano al bolsillo en busca de las llaves. No estaban, se las había dejado arriba. Tuvo que llamar al telefonillo. ¿Sí?, respondió su mujer con voz metálica, revestida de óxido viejo. Soy yo, dijo él. En el ascensor, escrutándose en el espejo, lo repitió a modo de mantra: Soy yo, soy yo, soy yo. Pero no le sirvió de mucho. Ni remotamente consiguió reconocer la imagen que se reflejaba ante sus ojos.

    Comentarios

    1. RafaSastre

      12 marzo, 2013

      Buenísimo, Iván, como nos tienes acostumbrados. Mi voto y mi admiración.

      • Iván.Rojo

        13 marzo, 2013

        Rafa, gracias una vez más. Un placer y un honor que me dediques tu tiempo.

    2. Mariana2510

      12 marzo, 2013

      Excelente texto Iván, me gusto todo todo, mi voto y mucho respeto.

    3. VIMON

      12 marzo, 2013

      Excelente, Ivan, con gran manejo de las metáforas. Un saludo y mi voto.

      • Iván.Rojo

        13 marzo, 2013

        Gracias por reparar en ello, Vimon. No esperaba menos. Un abrazo.

    4. Luna de lobos

      12 marzo, 2013

      “se sorprendió pensando que probablemente aquel era el último giro de una vida en espiral hacia la nada”.
      Muy bueno, Iván. Describes genial esa gris apatía que lleva a desconocerse a uno mismo.
      Un abrazo,
      Luna

    5. Gödel

      12 marzo, 2013

      Tan habitualmente genial. Nos transmites el valor de una cotidianidad sofocante, tanto como la lastimera frase «Soy yo». Saludos. :D

      • Iván.Rojo

        13 marzo, 2013

        Qué decirte, Gödel… Mil gracias por tu lectura. Un abrazo.

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