Ruleta Rusa Franco Ríos Parra
Martín creyó haber sido un padre cruel y, sobre todo, un asesino. Esta creencia perduró cada noche hasta volverse una evidencia circular de un malestar indecible, y también de una necesidad reprimida.
Martín invocó a sus deseos, y estos sin quererlo, se manifestaron. Tendido sobre su cama, comenzó a hacer sus sueños realidad.
— ¿Se habrá escuchado? —pensó, mientras se levantaba de la cama.
En su imaginación, ojos ajenos escudriñaban alrededor de la casa. Podía oler la curiosidad del vecindario, esperando que ese asunto saliera del horno. Pero él no podía permitírselo, todos sabían que era un padre cariñoso, y un esposo ideal. Mientras bebía su primer trago matutino, vio dos bultos dentro de bolsas de basura en el patio de la casa. El golpe de calor del whisky no fue suficiente para sofocar los escalofríos. Sensaciones contradictorias lo embargaban, y percibió su casa más pequeña, nauseabunda y también peligrosa.
— ¿Se habrá escuchado?—pensó nuevamente, como si esta interrogante lo persiguiera, incluso hasta en el trago que ya recorría sus entrañas liadas de angustia. Un viaje directo al baño para pensar en todo lo que estaba sucediendo, para pensar si alguien habría notado que sus dos hijos, estaban completamente muertos. Martín creía que era su culpa, y también sabía que con cada deposición que caía sobre el agua, era como un trozo de su vida que no volvería a ver jamás.
Martín volvió al cuarto matrimonial, y el aire estaba rancio. Un movimiento sutil lo alarmó.
— ¡Están aquí! —pensó.
Volteó suspicaz buscando las sombras que lo castigarían, pero sólo halló más tiempo entre los reflejos luminosos de la piscina del patio. El aire se estaba volviendo irrespirable y también corrosivo. La piel de Martín ardía, y el sudor de sus manos se mezclaba con el de su frente cuando pensó en la leve posibilidad de que todo fuese producto de una fiebre tan alta como para creer que todo eso, de verdad, estaba sucediendo. La espera ansiosa, deseando alivio ante esta ocurrencia, terminó con sus manos cubiertas de mercurio y vidrio, los cuales lanzó frustrado hacia el piso. La alfombra, se tomaba su tiempo para absorber las bolitas grises, mientras Martín contemplaba con extrañeza sus pies que le recordaron sus años tiernos. Reminiscencias de su padre lo embargaron, y el tesón de sus puños apretados, tampoco fue suficiente para contener las lágrimas.
—Eres un maricón de mierda. —se dijo a sí mismo, como si aquella afirmación pudiera traer a aquella persona de vuelta, para quitar esa nostalgia y sentir el placer del castigo que tanto creía necesitar. Entre el desorden espacial, se reencontró consigo mismo frente al espejo. Un hombre que no era él, lo miraba con desdén, mostrando expectativas que Martín aún no podía cumplir. El miedo abría agujeros entre sus huesos, forzaba su boca y quebraba la conciencia. El hombre reflejado en el espejo, sentía que él lo obligó a matarlo.
—Hazlo, maricón de mierda.
Martín jaló el gatillo, pero sólo sonó el tambor del revólver girando los hilos de su destino. Ese momento, fue como una caída libre a los brazos del infierno, al cual el hombre del espejo, cayó mirando a Martin, con felicidad literalmente explosiva.
— ¿Me habrán escuchado? ¡Entrometidas de mierda! —dijo Martín entre dientes.
Creyó que las vecinas oyeron el espejo destruirse. Creyó que escucharon la explosión del revólver y el cráneo de su padre desmoronándose sobre los restos de vidrio, en sus nudillos. La sangre se deslizó por sus antebrazos más rápido de lo que creyó que avanzaría. Aturdido, y algo mareado, salió al patio retocando la pared del cuarto con sus frustraciones.
Martín creía ser un padre cruel y, sobre todo, un asesino. Hasta la última luz del día, se precipitó a la tarea de cavar profundo los acontecimientos de la noche anterior. Cada golpe, profundo en la tierra, era una oportunidad de regresar de donde venía, de ese lugar llamado paz. Obsesionado con éste, la pala expulsaba tierra por los aires como si de una bendición divina se tratase. Para él, la voluntad de Dios quiso esto, debía tener un significado. Sin embargo, las señales celestiales no eran buenas. En este universo, todo conspiraba en contra de Martín. El mal exudaba por sus heridas, y sintió la frialdad del metal en su lengua al vomitar la cena sobre los cuerpos ya enterrados de sus hijos.
—Vecino, ¿se encuentra bien?
El hombre, desesperado, se giró hacia la dirección de donde provenía la voz de la curiosa vecina. Él sabía que lo estaban observando, pudo sentir esa presencia para él, repugnante del prójimo. Pero sólo halló los sonidos y el concreto de la ciudad. No había nadie, Martín no encontró a nadie más que a sí mismo en la profundidad de su secreto. Antes de volver a casa, contempló la tarea finalizada, pues eran los cimientos de su necrópolis familiar.
Sentado en el comedor, Martín esperaba el regreso de su esposa para cenar. Levemente inclinado hacia un costado, se balanceaba como si un ser invisible lo moviera para que pareciera alguien vivo. La última luz de la noche entraba por los ventanales junto con sus hijos que lo visitaban, para Martin, desde las profundidades del infierno.
—Mis niños bonitos, ¿quieren jugar más? Tomen asiento, ¡vengan!—dijo Martín sonriendo, feliz y entusiasmado de volver a estar con ellos. Él sólo deseaba dedicar tiempo de calidad a sus pequeños. La mesa estaba puesta para cuatro, y los primeros comensales habían llegado. El revólver debajo de las servilletas de tela favoritas de su esposa, no tardó en reflejar la última luz de la madrugada cuando Martin la contemplaba.
—Ustedes son unos hombrecitos muy valientes, ¿cierto?
Era la segunda vuelta. La emoción de la revancha, de reivindicarse como un buen padre. Expectante, Martín le entregó el arma a su hijo mayor, y vio cómo Dios le daba una nueva oportunidad.
—Muy bien hijo, muy bien. —le dijo con sus ojos húmedos que brillaban de orgullo por su hijo mayor. A continuación le entregó el arma a su hijo menor.
—Tu hermano va ganando, hijo. Esta vez no tendrás que dispararte, ¿cierto?
Martín confirmó ese pensamiento, cuando notó que el revólver guardó silencio. Aún era muy temprano para clamar a un perdedor. En su mente era lo correcto, todo calzaba a la perfección y las probabilidades se inclinaban sobre su sien.
— ¿Se irá a escuchar?—Le preguntó Martín sonriente, a sus queridos retoños.
Ya era mediodía, y los vecinos escucharon. La policía llegó rápidamente al recibir su llamado. El patrullero frunció el ceño, al ver dos niños de corta edad sentados sobre la cuneta llorando y lamentando junto a una mujer, que parecía ser su madre.
—Yo opino que fue suicidio oficial.
Le comentó un mirón que estaba en la puerta de la casa. El oficial de policía pareció estar de acuerdo, cuando vio a un hombre inclinado sobre el comedor, cubierto de sangre y con un revólver en la mano. Aterrado, recorrió la casa hasta alcanzar el patio. Devastada, la dueña de casa confirmó el nombre de sus hijos, que se encontraban escritos sobre tumbas improvisadas. Desde aquél día, nada volvió a ser como antes. Los vecinos ya enterados, miraban desde fuera a los policías desenterrando dos bolsas negras gigantes y llenas de basura.
—Y pensar que Martín era tan buen padre. ¡Ay señor! —Exclamó uno de ellos.





Mabel
¡Impresionante! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido
Franco Ríos Parra
Muchas gracias Mabel. Un abrazo para tí también desde Santiago de Chile.