No había tiempo para llenarse la mente con toda clase de absurdos miedos, y mucho menos había que preocuparse por lo que pudieran pensar los demás. Del otro lado de la cortina de terciopelo, un entusiasmado público masculino clamaba por ella. Sería muy grosero hacer esperar a tan fina concurrencia. Ellos habían acudido al centro nocturno esperando encontrarse con un espectáculo de primera, así que había que hacer lo posible por satisfacer sus deseos.
Asegurándose que ninguno de sus dorados rizos luciera fuera de lugar, Miriam salió a hacer su acto, ese que ella llevaba perfeccionado por varios años. Ante el primer atisbo de ese par de piernas tan bien torneadas, el público del lugar estalló en aplausos. De acuerdo a lo ensayado, Miriam salió al escenario contoneando sus bien formadas curvas. Ella podía sentir las miradas de los hombres que, sin palabras, deseaban despojarla de todas sus prendas para poder devorarla lentamente, saboreando cada milímetro de esa fresca piel que todavía estaba impregnada del delicioso aroma de la juventud.
Quizás otra chica se hubiera sentido horrorizada ante la idea de pasearse desnuda enfrente de un montón de desconocidos, pero a Miriam le encantaba. Para ella, ninguna sensación era tan gloriosa como el saber provocar las bajas pasiones de los hombres con los eróticos movimientos de su cuerpo. Quizás, al igual que muchas otras, ella se aburriría de esa vida, y optaría por una existencia más pacífica. Pero por hoy, ella estaba feliz así, siendo como el ave fénix; bailando con gran maestría bajo las brillantes luces hasta caer desfallecida, y todo únicamente para renacer al día siguiente como un volátil sueño húmedo dentro de los corazones de esos caballeros que cada noche acudían, sin falta, a dejar que Miriam, con un perfecto movimiento de caderas, hiciera que todas las preocupaciones mundanas se disolvieran lentamente.




Mabel
Muy buen texto, un abrazo y mi voto desde Andalucía
Jacaranda.Dorantes
¡Muchas gracias, Mabel!