El trayecto hacia el aeropuerto lo hizo sin pronunciar palabra, con las manos entre los muslos y la mirada fija en el paisaje escarpado. De tanto en tanto, la voz escupía alguna de sus frases cargadas de veneno y a Cloe le sobrevenía un sofoco, pero hacía como que no se enteraba, más que nada para no preocupar a su padre, que conducía a su lado.
Sintonizó la emisora especializada en rocanrol. Su padre la miró de reojo, esbozó media sonrisa y dio la última calada a un cigarro, tan profunda que casi llegó a la colilla. Luego lo apagó en el cenicero de su viejo Mercedes y marcó el ritmo de la batería con los dedos sobre el volante, echando ojeadas furtivas a Cloe, cuya cara cambiaba del rojo intenso al blanco con una facilidad pasmosa.
Una vez en el aeropuerto, facturaron la maleta y se despidieron con un beso raudo. Cuando notó que los ojos de su padre empezaban a centellear dio media vuelta y desfiló por el laberinto de cintas hasta el control de seguridad. Caminó con la vista al frente, intentando suavizar el nudo de la garganta con ayuda de la saliva; llegó al detector de metales y se giró: la cabellera plateada de su padre huía por la puerta automática. Suspiró y atravesó el arco con la sensación de que se lanzaba por un precipicio.
El guardia le pidió que abriera la maleta de cabina. Repasó la lista de objetos prohibidos que había leído en internet; estaba segura de que no llevaba nada ilegal. ¿Y si le habían metido algo sin que se diera cuenta? Se había despistado un momento para buscar en el bolso la documentación. ¿Y si en esos milisegundos alguien había introducido un fajo de droga? O, peor aún, ¿una bomba?
Abrió la cremallera con dedos trémulos. El hombre rebuscó, con las manos enfundadas en unos guantes de látex azul, bajo las mudas de emergencia. Del fondo sacó dos quesadas; las había colocado allí para que la ropa las amortiguara. El guardia las inspeccionó con una mueca de fastidio, las volvió a dejar donde estaban y le indicó que ya podía marcharse.
¡Las malditas quesadas! Llevaba rato arrepentida por haber elegido aquel regalo. ¿Acaso era apropiado para unos niños? «Vaya mierda de idea. ¡Vas a hacer el ridículo!», le recriminó la voz. Cerró los ojos y sacudió la cabeza. Cuando dejó de escucharla buscó en la pantalla su vuelo; aún quedaba una hora para el embarque.
Se entretuvo un buen rato en la tienda de golosinas. No pretendía comprar, pero le gustaba sentir la explosión de colores que producían las gominolas en las cajas transparentes. Y el olor; aquel olor a piruleta de cereza que le recordaba las tardes en el parque, cuando su vida era fácil, cuando aún no había cumplido los catorce.
Llegó a la puerta de embarque con diez minutos de antelación, los pasajeros se agolpaban en una cola infinita. Se puso en último lugar y no tardó en abordarla una azafata.
—Tenemos que facturar su equipaje de mano por falta de espacio —dijo con voz insegura. Debajo del maquillaje se intuía una muchacha joven. Era alta, o al menos a Cloe se lo pareció, aunque no hacía falta mucho para ser más alta que ella. Mostraba una sonrisa agotada—. Es gratuito. Necesito su pasaporte y tarjeta de embarque, si es tan amable.
—Pero —intentó replicar—… la muda y las quesadas —Se detuvo al ver la desesperación en el rostro de la chica —. De acuerdo, aquí tiene —dijo, resignada.
«¡Pánfila! Las ridículas quesadas irán derechas a la bodega —dijo la voz cuando la azafata desapareció—. No te imaginas la de vueltas que van a dar. Van a llegar tan asquerosas como tú». Cloe cerró los ojos y agitó la cabeza. Al fin y al cabo era la primera vez que viajaba, esas novatadas eran normales.
Cuando el avión comenzó a elevarse, contuvo las arcadas a duras penas. Irguió la cabeza y respiró hondo. «¿Quién te manda meterte en estos líos? —rugió la voz—. Con lo bien que estabas en casa. Ni siquiera entiendes una palabra de lo que están diciendo. ¿Cómo piensas cuidar de esos niños? —La voz era cruel, lo había sido desde el principio —. Eres un auténtico fraude, Cloe».
Intentó no pensar en la quemazón que sentía entre las piernas para que ella no se enterara, aunque sabía que era imposible, la voz se enteraba de todo: «¿Encima con cistitis? —La molestia había aumentado esa misma mañana, demasiado tarde para visitar a la doctora—. ¿Qué les vas a decir? ¿Que te lleven al médico nada más llegar? En el minuto uno se van a dar cuenta de que eres una enclenque».
Por fin en suelo inglés, Cloe caminó en una especie de pompa, con temor a desvanecerse de un momento a otro. Recogió las maletas, compró lo primero que tuvo a mano en una tienda de comida preparada y salió en busca de aire fresco. Contra todo pronóstico el sol calentaba con suavidad.
Desenvolvió el bocadillo y le dio un fiero mordisco, ávida de cloruro sódico. Masticó algo crujiente, insípido, que le resultó familiar. Arrugó la nariz y abrió el pan: decenas de rodajas de pepino adornaban el sándwich. Maldita sea, odiaba el pepino. ¿Por qué no se había fijado en la etiqueta? La palabra «cucumber» resaltaba en grandes letras blancas sobre un fondo verde. «Ni siquiera eres capaz de elegir un bocadillo —dijo la voz, feliz de poder avergonzarla de nuevo—. ¿Te creías muy lista? No eres más que una pueblerina». Se lo comió obligada. Después, alivió la presión de la vejiga, que con la cistitis se multiplicaba por cuatro, y buscó la parada del autobús que la llevaría al punto de encuentro.
Consiguió subirse al autocar correcto. Sentada en aquel cómodo sillón se creyó a salvo. Después de todo, la aventura no estaba yendo tan mal; acababa de demostrar que podía manejarse en un país con moneda diferente, idioma que la tenía amargada y la ridícula costumbre de poner pepino en los bocadillos. ¿Qué tenía que decir a aquello la voz? Hacía rato que no se manifestaba. ¿Habría conseguido callarle la boca?
No. Aunque Cloe estaba harta de que la voz la humillara, sabía que no podía luchar contra ella. Al principio lo había intentado de muchas maneras: había puesto música a todo volumen, había hablado a gritos con su hermana, incluso había pasado noches enteras leyendo teatro en alto o viendo películas con cascos. Nada. La voz era capaz de hablar por encima de todo y de todos. A veces desaparecía, pero se quedaba agazapada en espera de la mínima oportunidad para saltar al ataque como un gato salvaje y hambriento. Tenía el mismo timbre que la de Marcos y modulaba el tono de igual manera: si se enfadaba de verdad, utilizaba los graves con un ritmo lento, pesado, marcando cada sílaba a conciencia; el resto del tiempo usaba un tono más agudo, burlón, un juego «inofensivo» que a ella le hacía el mismo daño. No era raro que la voz de Marcos la acosara; tras aguantar durante diez años sus gruñidos, ¿creía que solo con dejarlo se libraría de ellos? «No, cariño —dijo con su tono más grave—. Ya te dije que no te librarías de mí».
Cuando llegó a otro de los aeropuertos del país, donde la recogerían, había anochecido y soplaba un aire fresco. Se puso la chaqueta vaquera y se cobijó bajo la marquesina. Nadie la estaba esperando. Buscó su libro de referencia en el bolso: Historia de una escalera. Era la única obra que había llegado a interpretar en un escenario, antes de que Marcos la convenciera de que no era buena actriz. Apenas veía, pero sabía a la perfección su papel de Carmina (hija). Le gustaba repasar una y otra vez los diálogos, recordar la excitante libertad que había sentido al representar aquella historia.
Cuarenta minutos después empezó a preocupase. ¿Y si no llegaba nadie? «Te vas a quedar aquí tirada, por gilipollas —dijo la voz con la intención de hacerle llorar—, por querer hacerte la interesante, por querer hacer cosas que no son para mujeres como tú». ¿Qué clase de mujer era ella? ¿Acaso había distintos tipos de mujeres? Ni siquiera sabía eso. Lo único que sabía era que su situación no podía ser más penosa: tiritaba de frío, le dolían los ojos por leer casi a oscuras y notaba un globo a punto de estallar en el vientre. Estaba casi dispuesta a complacer a la voz cuando escuchó un leve sonido parecido a su nombre. Al otro lado de la calle divisó a una mujer que corría hacia ella con un niño de una mano y una niña de la otra.
Cuando llegaron hasta ella, se lanzó a darles dos besos con una familiaridad descortés que aceptaron con los cuerpos rígidos. «Ja, ja, ja —rio la voz—. Buen comienzo». La mujer se disculpó con insistencia; por lo poco que Cloe pudo entender, se habían visto envueltos en un atasco.
Se dirigieron a la cafetería del aeropuerto. Cloe tenía que hacer un esfuerzo enorme para entender y todavía más grande para hacerse entender. «Mira la cara que está poniendo esa señora —dijo la voz, al ver que Cloe no era capaz de comunicarse con el camarero—. Está claro que ya se arrepiente de haberte contratado». Era cierto: cada vez fruncía más el ceño y apretaba los labios con mucha fuerza, casi hasta hacerlos desaparecer.
—Muchas gracias por venir a ayudarme —dijo de pronto la madre, en un español casi olvidado—. Yo viví en España hace mucho.
—De nada —contestó Cloe, ruborizada. Si había allí alguien que debía dar las gracias, era ella—. Gracias a ti por contratarme con mi horrible inglés. Entonces, ¿hablas español?
—Muy poco —dijo la madre, también con las mejillas encendidas. Sabía que su español estaba oxidado, pero quería darle a aquella chica un mensaje importante que debía quedar claro desde el principio. Había ensayado aquel discurso una docena de veces. Intentó pronunciar cada palabra con exactitud—. Quiero decirte que eres una mujer valiente, te atreves a ayudar a una familia que no conoces, a una madre soltera que necesita apoyo. Eres independiente y por eso te elegí —Cloe la miró pasmada. ¿Independiente? ¿Ella? Si desde los catorce años no se había separado de Marcos ni para depilarse el bigote—. Ninguna de las chicas estaba dispuesta a quedarse sola con los niños durante mis viajes. Algunas tenían mejor nivel de inglés, sí. ¡Eso no me importa!
Cloe la miró con la boca entreabierta, incapaz de pronunciar palabra. Pensó en todo lo que había ocurrido a lo largo del día. ¿Y si tenía la ocasión de construir una nueva identidad?
Cogieron el ascensor hacia el aparcamiento subterráneo. La madre colocó el equipaje en el maletero mientras ellos se acomodaban. El automóvil era amplio y elegante, sin embargo, había algo raro en él que Cloe no acertaba a describir. Los niños empezaron a reír a carcajadas y la madre también rio, comedida. De repente, Cloe se dio cuenta de que estaba montada en el lado del conductor. «¡Qué vergüenza! —pensó, bajándose a toda prisa—. Van a creer que soy una torpe». La voz de Marcos empezó a insultarla con saña, pero Cloe no pudo entender ni una palabra de lo que decía; las risas de los cuatro resonaron con tanta intensidad en el aparcamiento, que, por primera vez, no fue capaz de hablar por encima de ellas.





Mabel
¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenida
LU
Muchas gracias Mabel! Un saludo desde Cantabria.
GermánLage
Tu relato me ha sorprendido muy gratamente, Lu. Original, muy bien estructurado y mejor escrito. Habrá que tenerte en cuenta.
Mi cordial saludo de bienvenida, y mi voto.
LU
Hola Germán, muchas gracias por leerme, por el comentario tan halagador, por el voto y por la bienvenida, ¡así da gusto! Un saludo.
VIMON
Un relato muy original con un final sorprendente y esperanzador. Saludos con mi voto y bienvenida.
LU
Muchas gracias por leerme y por tu voto. Saludos.
Ébou.Riffé
LU.

Primero que todo bienvenida!!!!
Un placer comenzar a leernos.
Lo que relatas, muy bien llevado y el lugar que le das a esa “voz” muy bien puesto. Ojalá todos tengamos siempre ese empuje, de Cloe, para dar un paso hacia adelante; para superarnos en todos los aspectos de la vida.
LU
Muchísimas gracias! Eso era precisamente lo que quería transmitir, un paso que a otro le puede parecer pequeñito pero que para Cloe es una transformación. Nos leemos, Saludos.
Khaleesi
¿Es típico de las mujeres autocriticarnos tanto o es tan solo típico de las personas inseguras, da igual el género? Me ha encantado el relato y cómo está narrado, no es tópico, bien cuidado el vocabulario, bonito y simple final. Enhorabuena. Me gusta.
LU
Muchas gracias por leerme y por tu comentario. Pienso que las experiencias tienen un alto porcentaje en esto de la autocrítica, en el caso de Cloe después de escuchar durante 10 años las críticas de su pareja se ha vuelto una persona insegura, pero capaz de superarse y quién sabe si de crear una nueva identidad. Un saludo.
Manger
Excelente tu relato, Laura; bonita forma de escribir, muy elegante. Espero que te sigas animando y podamos seguir disfrutando de textos como éste. Bienvenida a esta red de amigos de las letras. Te mando mis saludos más cordiales.
LU
Muchísimas gracias, es la primera vez que me dicen que escribo elegante, así que todo un halago y una sorpresa. Un saludo. Nos leemos.
Sol
Me ha encantado tu relato. Tiene el punto justo de intriga para hacer que se lea de un tirón, Vas desvelando la historia de Cloe, poquito a poco, con mucha maestría.
Bienvenida y un saludo
Sol
Se me olvidaba. A portada
LU
Muchas gracias por leerme y por tu comentario, Marisol. ¡Y encima me mandas a portada! jaja. Un afectuoso saludo, nos leemos.
Viajero en el Tiempo
Buen relato, a veces dotamos de personalidad propia a esa conciencia que refleja un punto de vista de una persona cercana a nosotros, y que en muchas ocasiones nos limita, nos humilla. Cloe esta como huyendo de ella de una vez por todas, creando una nueva identidad con el cambio.
Coincido en que tienes un estilo elegante.
Me gusta, mi voto y mi follow.
Saludos
LU
Cierto que nuestra identidad se va conformando en buena parte con lo que nos dicen. ¿Quiénes somos? Somos lo que pensamos de nosotros mismos y lo que otros piensan de nosotros. Pero siempre hay escapatoria, eso es exactamente lo que quería reflejar, la posibilidad de cambio, en este caso Cloe se tiene que marchar para empezar a entenderlo, pero hay muchas otras maneras de conseguirlo, ¡por supuesto!
Muchas gracias. Nos leemos. Saludos.
gonzalez
Excelente, Lu, me gustó mucho. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo.
LU
Muchas gracias. Nos leemos. Un abrazo.
Beto_Brom
Ante todo te diré que quedé atrapado desde un principio. Tienes ese algo,,,que imanta.
Muy buen relato, mis sinceras felicitaciones.
Abrazotes, amigaza
LU
Muchas gracias Beto, me alegro de que te imantara. Un saludo.