La columna de Mondelez (Parte I)

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    Estaba jodido. Esos egoístas. Me habían acorralado para salvarse el pellejo.

    Mandé un correo electrónico a una dirección que había leído en un pequeño afiche de esos que están impresos en tres centímetros cuadrados, en la sección de clasificados del diario. En verdad, estaba buscando algún anuncio que me pudiera ayudar con ese problema que me aquejaba desde hace dos años en el colegio: mis compañeros se burlaban de mí, llamándome “cuervo”, “tucán”, “pelícano” e incluso a alguien se le ocurrió llamarme “Capitán Garfio”, ya que según él, mi nariz parecía un gancho. El punto es que mientras pasaba superficialmente la vista por todos los anuncios, buscando palabras como “matón” o “cirujano plástico”, hubo un pequeñísimo afiche gris, que me jaló el ojo.

    UNASE A LA COLUMNA DE MONDELEZ

    MAIL: cmondelez@monmail.com

    Había tan poca información, que creo que justamente eso me llevó, a coger mi computadora y mandarle un correo a los miembros de” la columna de Mondelez” en el que incluía todos mis datos básicos: nombre (Luis Montoya), edad (16) y dirección (Calle 8 135) No habían pasado unos cinco minutos, cuando me llegó una respuesta, igual de misteriosa que la convocatoria. Decía simplemente VIERNES, 8PM, TU CASA. No había firma. Miré mi calendario y me percaté, que hoy era jueves, por lo que tenía que alistar la casa, para una reunión. Por suerte mis padres no estaban en casa hasta el sábado, por lo que no tendría que responder preguntas, a las cuales ni siquiera yo tenía respuesta. Miré el alrededor de la casa. No era muy grande, por lo que deposité mis esperanzas en que fueran pocos los invitados.

    Regresé del colegio, a eso de las tres de la tarde. Lo primero que hice fue asegurarme que mis papás, no estuvieran. Aunque conocía la respuesta no quise correr ningún riesgo. Toda la mañana había sido un suplicio total: Quería contarle a alguien que me iba a unir a la columna de Mondelez para que de algún modo reconociera el nombre y me respetara por ser parte de tan conocida organización, pero luego me acordé, que no tenía amigos. Después, al intentar defenderme verbalmente de un abusador pronuncié sin pensar un par de insultos, lo que me valió una ida a la dirección y una burla por parte de mis compañeros, que disfrutaban la injusticia que les acababa de regalar. ¡Hipócritas!, pensé. Me senté frente a la computadora para ver mis correos. No había ninguno de mi contacto misterioso, por lo que en vez de comenzar mi ensayo sobre alguna experiencia extraordinaria que me hubiera pasado, me eché a descansar y para matar el tiempo hasta que llegara la columna. Probablemente escuché tres discos de Metálica en el rato que estuve pensando en mis desgracias, intentando animarme con la expectativa de un nuevo comienzo.

    A las ocho en punto, sin un segundo de retraso sonó el timbre rápidamente, como si el visitante quisiera que yo no lo oyera. Pero si lo oí. Mientras me acercaba a la puerta con pasos sigilosos pero decididos sentí que mi barriga se aflojaba por los nervios. Al abrir la puerta me encontré frente a una persona con pantalón largo y negro que llegaba a cubrir sus zapatos totalmente. Llevaba un polo de igual color sin mangas, lo cual hacía que sus brazos, llenos de tatuajes, resaltaran. La cara la tenía totalmente cubierta por una máscara dorada, la cual al no tener abertura para la boca, hacía que lo único que pudiera identificar de los rasgos faciales de la persona, fueran unos ojos verdes que no mostraban ni felicidad ni tristeza, ni orgullo ni decepción. Me asomé y vi que había una docena de hombres, igualmente vestidos que el primero. Los invité a pasar con un movimiento de mano y todos desfilaron frente a mí, sin decir ni hacer nada. Me di cuenta, que todos llevaban el mismo tatuaje: Un triángulo complejo, formado por otros cuatro triángulos simples. El del medio estaba pintado de negro.

    No había esperado a tantos miembros de la “columna”, por lo que tuve que mover todos los muebles de la sala, hacia los costados para hacer un poco más de espacio. Esta tarea me entretuvo por al menos cinco minutos, ya que los otros no ayudaban. Solo se dedicaban a mirarme como si estuvieran analizando la razón de cada movimiento que realizaba. Estos, evidentemente debían reflejar mi nivel de nerviosismo ante esta planeada, pero al mismo tiempo incierta situación.

    -Ya está- dije cuando la última silla había sido despejada. En el centro solo quedaba una mesa, que no había cambiado de sitio. A continuación, todos se sentaron en el suelo, imitando a otro integrante, que debía ser el líder. Los movimientos de todos eran bastante pausados y algo solemnes. Casi elegantes, lo cual contrastaba con el aura misteriosa de su presencia. Cuando todos estuvieron sentados, las luces se apagaron, y quién parecía ser el jefe, sacó de su bolsillo tres cosas:

    Una vela, un encendedor y por último un papel. La primera, la encendió con la segunda. La llama de fuego, iluminó el papel que tenía frente a mí. El sujeto levantó su mano y su pie izquierdo. Chasqueó dos veces seguidas y luego con su pie piso fuertemente el piso de tal forma, que todas las lunas resonaron. El resto hizo exactamente lo mismo en respuesta, solo que con el lado derecho. Uno de los individuos, que tenía mucho menos tatuajes que el resto (aunque llevaba ese triángulo), sacó de una bolsa que llevaba una pequeña guitarra, con la que empezó a entonar una canción melodiosa, pero que al mismo tiempo producía una sensación triste, una atmósfera lúgubre y lograba erizar la piel de una forma exagerada. De alguna manera, me hizo acordar a aquella visita al chamán hace unos meses, de la que esperaba un amarre con Sonia Arróspide, la hija de mi vecino. Era muy bonita y además gentil. Ella era la única persona en el colegio, que jamás me había insultado ni molestado de alguna forma. Probablemente por ello, mi corazón se había entregado tan tercamente a pesar de que tampoco teníamos una relación calificable como “íntima” o siquiera como “amistosa”. Más bien describiría mi relación con ella como una de respeto en la que la chica sabía, que si me faltaba el respeto y su padre se enteraba, le caerían unos fuertes correazos. En verdad no sé como llegué a acordarme de esto, mientras por primera vez escuché la voz de uno de mis invitados, que ahora más parecían los anfitriones.

    -Firma acá- me ordenó, quien aparentaba ser el líder. Tenía una voz promedio. No era ni muy grave ni muy alta, ni muy áspera ni muy suave. Probablemente si lo veía en la calle y lo escuchaba no me daría cuenta al lado de quién estaba pasando. Vi el lapicero que me había tendido y el renglón en el cual se suponía, mi firma debía entrar.

    -Pero… ¿Qué es el grupo?- pregunté con una voz algo temerosa. Demasiado temerosa.

    -¿Quieres participar sí, o no?- me gritó alguien del público. ¡Que maleducado! pensé. Por primera vez me di cuenta de lo irónica que era toda esta situación: un grupo maleducado de personas, con tatuajes y máscaras de plástico barato, en una reunión solemne, y hasta casi gloriosa.

    -Si quiero-

    -Entonces firma pues-

    Agarré el aparato de escribir, y con unos movimientos sutiles plasmé mi acuerdo y mi lealtad a la “columna” en forma de letras. O al menos eso creí por un instante, ya que el líder movió la hoja de su lugar y salió a relucir otra más chiquita que hasta entonces estaba escondida debajo de la mayor. No había nada escrito. Uno de mis nuevos co-participantes se paró y se dirigió hacia la cocina. Por fin volvió con un cuchillo grande, de esos que se usan para filetear pescados. Miré a la ronda para ver si alguien me ayudaba en descifrar lo que debía hacer ahora con esa hoja de metal, a la cual yo desde niño (probablemente por las advertencias de mi madre) había tenido un miedo tremendo.

    -Debes poner tu huella en la esquina inferior izquierda del papel- respondió a mi duda interna, el líder como si me hubiera leído la mente.

    -¡Pero si no tengo tinta!- respondí asombrado, pero rápidamente me percaté de lo estúpida que había sido esa pregunta. Miré mi dedo como diciéndole “disculpas”. Cogí el cuchillo por el mango y rápidamente se deslizaron primero gotas, y luego riachuelos de sangre por mi dedo índice. Esperé a que la sustancia rojiza se concentrara por la zona de la huella, y luego hice mi marca en el papel. La gente empezó a aplaudir. Mi cara reflejaba agradecimiento pero probablemente se podía ver una ñisca de dolor físico y emocional en mis ojos.

    -¡Eres ya una vértebra como nosotros!, dijo el líder, bienvenido a la “columna de Mondelez”

    Con la mano que no me dolía le di la mano primero a él, para luego saludar a todos los presentes. A pesar de todas las preguntas que tenía acerca de lo que acababa de hacer, y en lo que me había metido; no pude ocultar una sonrisa de satisfacción y de orgullo.

    -¿Cuando me voy a tener que poner el tatuaje?- pregunté. La marca se me acababa de ocurrir.

    -Cuando completes este encargo- Me respondieron todos al unísono. Entrégale esta carta a Sonia- Uno de ellos se paró y de su bolsillo sacó un pequeño sobrecito en el cual decía el nombre de la destinataria: SONIA ARRÓSPIDE

     

    Me quedé perplejo, ya que no tenía idea como ellos conocían de mis amoríos. Jamás la había mencionado en algún correo o conversación. Contuve la respiración por la sorpresa, y empecé a sentir como mi corazón se aceleraba. Sería una noche larga.

    Comentarios

    1. Avatar de RafaSastre

      RafaSastre

      31 mayo, 2013

      Excelente comienzo, Gaby, en el que haces alarde de una gran imaginación. Me quedo esperando la continuación… Un abrazo.

      • Avatar de gabrielc

        gabrielc

        31 mayo, 2013

        Gracias Rafa. Sabes que tus comentarios son siempre bienvenidos!

    2. Avatar de

      volivar

      31 mayo, 2013

      Gabriel: un buen relato; no has rechazado la claridad en aras de la erudición. Agarras la atención del lector, y la sostienes hasta que quieres.
      Algo que vi por ahí: la puntuación es el respiradero de la narrativa. Creo que usas demasiado la coma, descontrolando la idea que intentas transmitir.
      Un gran logro al hacer un relato extenso sin perderte en vericuetos.
      Según este relato, tienes cualidades para algo más extenso, digamos, una novela, que, según veo, es lo que intentas, y te felicito.
      Mi voto y un saludo afectuoso.
      Volivar

      • Avatar de gabrielc

        gabrielc

        31 mayo, 2013

        Muchas gracias volivar. En berdad aprecio muchísimo lo de las comas. Es verdad que yo sirmpre he sufrido con la puntuación. Como escritor ese va a ser siempre mi talón de Aquiles. Imtento mejorar en eso y me voy a pomer a revisar las reglas ortofgraficas. En verdad es un comentario que me sirve. Muchisimas gracias

    3. Avatar de Eva.Franco

      Eva.Franco

      3 junio, 2013

      Muy bien Grabriel, es un comienzo que atrapa. Te felicito.
      Mi voto.

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