La niña pequeña hacía sus primeras cabriolas con el lapicero sobre el libro recién estrenado.
—¿Y aquí que pone? —preguntaba señalando con el dedo cualquier imagen.
—Globo —contestaba paciente el tío Jose.
—¿Y aquí?
—Rojo.
—¿Y aquí?
—Lluvia.
La niña levantaba la cabeza para mirar la cara redonda de su tío, los mofletes, las patillas, su calva pecosa, los mechones de pelo largo y gris que seguían creciendo, pese a todo, a la altura de la nuca y sobre las orejas.
El tío le iba devolviendo las sonrisas una a una.
De repente, una marabunta de cabecitas rubias irrumpieron en el salón regalando besos y gritos a todos los presentes.
—¿Quiénes son esas niñas? —preguntó la sobrina sin fiarse.
—Son tus primas: Mari Carmen, Toñi, Mónica, Leonor, Ana.
—Yo tengo una prima morena y se llama Maribel.
—Ellas también lo son.
—¿Y saben leer?
El tío Jose soltó una carcajada rotunda como su estómago.
—En nuestra familia todos leen.
En el siguiente cumpleaños, el libro que el tío le regaló tenía más letras, menos dibujos, y la sobrina aún necesitaba su ayuda para terminarlo. Pero esa etapa pronto fue sustituida por los libros de Jim Botón y Lucas el maquinista, El sheriff ratón, El doctor Dolittle, que ella ya leía sola. Y más tarde los detectives Nancy Drew o La mano negra que dejaron paso en la adolescencia a los libros de vampiros y de Stephen King.
Después, los años de facultad con más libros: Hispánicas, Literatura Comparada, y con ellos, la osadía de que fuese la sobrina quien regalase libros al tío: títulos desconocidos y ocultos como el Viaje a Turquía, Los Sueños de Quevedo, o la única novela modernista en español. El tío los conocía todos.
—No están mal —decía—, pero yo prefiero a los norteamericanos —añadía con toda la razón.
Con la angina de pecho y los kilos perdidos, se terminaron los gustos de sibarita, que a veces volvían a escondidas de la tía Toñi, en un bar del centro entre charlas políticas de tío y sobrina, y algún libro nuevo. Los matrimonios, los hijos, la familia crecía a un ritmo más lento que los libros y los discos de sus estanterías.
El verano pasado, en la calle Corrientes de Buenos Aires, donde un coche había atropellado al tío Jose dos décadas atrás porque se empeñó en devolver un libro a las doce de la noche, el homenaje por parte de la sobrina no pudo ser menos que entrar a todas las librerías a comprarle el libro que se convertiría en el último y que sabía, de antemano, que tampoco le gustaría. El libro que no le pudo dar, pero que fue suficiente solo por el hecho de poder contarle que también ella había estado en la librería Losada, en la Ávila, fundada por españoles, y que se paseó por la Boca, que era como el Vicente Calderón de su eterno Atleti…
Hoy, el tío Jose, con su empeño y cabezonería, sigue entre los sobrinos más pequeños: en Irene, cuando recibe un libro por su cumpleaños y sonríe como un ardilla lista; en Alex, cuando le pide a su padre por las noches que le lea otro cuento; y en Sergio, el más pequeño, cuando pregunta a la que fue sobrina y hoy es tía:
—¿Qué pone aquí?
—Globo.
—¿Y aquí?
—Rojo.
—Y aquí.
—Lluvia.


NicolasMattera
Será difícil encontrar en la historia de la literatura un cuento que con tan pocas palabras diga tanto: un puñado de líneas perfectas. Supongo que de eso se trata esta misión de andar por la vida (si es que, en realidad, es una misión), la de sembrar cosas en el alma de los demás y sentarse a ver cómo crecen. Un tío listo Jose, que en medio de un país en tonos de grises se detuvo a contagiar la luz que filtran los libros. Nadie nos deja realmente si en cada etapa de nuestras vidas ha sido capaz de regalarnos Todas las palabras.
Paloma Benavente
Qué comentario tan bonito. Pues sí, lo máximo que se puede hacer en esta vida es sembrar en el alma de los demás. Y el tío Jose consiguió un jardín entero.
Aida.R
Una historia preciosa. Saludos!
Paloma Benavente
Muchas gracias, Aida R.
Lorenzo
Hola Paloma; Cuando un amigo se va queda un espacio vacio! Un beso
Paloma Benavente
Es verdad, Lorenzo. En este caso, marca el fin de una época, de una parte, como todo, que no volverá. Pero los recuerdos también son fértiles y ayudan a seguir sintiendo amor.
silvia
Paloma, cómo me enternecieron tus palabras y qué bueno es poder despedir a alguien destacando aquello que sentimos como lo más valioso. Y eso dejó sus frutos, en el amor a las palabras y a los libros que vos tenés
y que sabes transmitir día a día. El amor se multiplica. Un adiós con mayúsculas al tío José. Besos Silvia.
Paloma Benavente
Gracias, Silvia, me enternecen tus bellas palabras. Así es, el consuelo de intentar ser su espejo es un bálsamo reconfortante.
Lidyfeliz
Hermoso, Paloma!! No hay mejor homenaje a alguien que ha leído tanto, que recordarlo con un libro. Mi voto
Paloma Benavente
Gracias, Lidyfeliz:
En cada página, allí sigue el tío Jose.
VIMON
Excelente relato, Paloma, te felicito y te dejo mi voto con un saludo.
Paloma Benavente
Muchas gracias, Vimon. Me has mandado directita a la portada con tu voto y tu comentario.
español/peruano
Precioso relato. Felicidades. Mi voto y mi saludo desde Perú.
Paloma Benavente
Muchas gracias, español/peruano. Me hace mucha ilusión que este relato llegue hasta Perú.
Mabel
Un cuento precioso, una bella historia. Un abrazo y mi voto desde Andalucía
Paloma Benavente
Muchas gracias, Mabel. Siempre tan amable. Me hace mucha ilusión que la historia del tío Jose visite tantos lugares del mundo.
Carmen F. Mat
Es precioso Paloma, me ha encantado. Necesitamos más tíos Josés en este mundo.
Un beso.
Paloma Benavente
Es verdad, Carmen, ojalá que hubiese más tíos Jose por todas partes. ¡Qué diferente sería todo! ¡Y habría muchísimos socios del Atleti!
Muchas gracias por leer y comentar,
Un saludo
ÉraseUnaVez ! (Rosii)
Hola ! Te doy mi voto.
Muy genial tu cuento.
Saludos Paloma desde Argentina
Paloma Benavente
¡Muchas gracias, Rosi!
Me alegra muchísimo ver cómo viaja el tío Jose a lo largo del ancho mundo!!!
Un saludo
Quique
Me has conmovido Paloma, estoy sinceramente emocionado. Mi voto y un cordial saludo desde Buenos Aires.