Troctoquero matinal

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    falsaria1403933281troctoquero

    Una vez hace tiempo, parado en la acera de la avenida en la que vivo, antes de cruzar la pista, vi frente a mí una silueta negra, pequeña e irresoluta sobre el asfalto a unos metros de distancia. Podría ser cualquier cosa, pensé; una araña o un escorpión, o quizás un cangrejo. Sí, un cangrejo, y agudizo la vista algo asombrado como suele ponerme todo lo que agrieta la superficie de lo cotidiano. Ahora la silueta tiene un color rojizo y noto que abre y cierra sus tenazas como impaciente al compás de un pequeño balanceo de sus fragmentadas piernas. De pronto se decide y avanza con milimétrica presura por el crucero peatonal corriendo lento y rápido a la vez, desfilando su encaparazonada figura por esa monocromática pasarela sin advertir que un vehículo se acerca inminente a una velocidad ineludible para sus cortas y troctoqueadoras extremidades. Solo nota por un instante posarse una sombra a su alrededor mientras un techo de piezas de fierros torcidos suspendido en negros anillos de goma le pasa por encima. El caminante de luces rojas dentro del disco indicaba que todavía faltaban veinte segundos para que cruzar volviera a ser seguro para los peatones (y quizá también para crustáceos). Pero él qué sabe, pensé, mientras miraba a mi distraído amigo aún a media pista arriesgándose a un probable atropello; así que, me precipité sobre el asfalto y lo levanté con la mano por debajo del rubicundo caparazón en medio de exagerados gritos estentóreos de bocinas de vehículos zigzagueantes apresurados por cruzar, reacios a ceder su nivel de velocidad por un individuo y mucho menos por un artrópodo cabezón que ahora se asía con sus ásperas tenazas (endurecidas durante milenios por sus antepasados) a la mía. Estaba a salvo.

    De vuelta a la superficie de cemento, lo solté suavemente y noté el contraste de sus ojos negros como dos gotas de petróleo cristalizado abombadas y su desproporcionado cráneo colorado, aplanado en los extremos como una empanada. Aunque el soplido del viento otoñal me obligaba a acomodar el saco cuadriculado de leñador con una mano, su mirada permanecía inmóvil y adquiría una vejez incalculable esa mañana. La luz proveniente del cielo encapotado de nubes blanquecinas tornaba su contorno de colores purpúreos que se dirigían al azul; mientras, sin quitarme la mirada ni un instante, el cangrejo se acomodó y reposó su diminuto vientre sobre la superficie gris cediendo toda rigidez y extendiendo su cuerpo sobre el suelo como preparándose para una siesta matutina. Sin sorprenderme, como si  fuera algo natural, respiraba profundo mezclándome con el ambiente mientras veía la camaleónica figura de este misterioso ser extinguirse en la vereda hasta convertirse en un polvo ceniciento que alzó vuelo volviéndose cada vez más disperso hasta desaparecer entre el albor matinal de ese martes de abril.

     

     

     

     

    Comentarios

    1. Avatar de Quique

      Quique

      13 junio, 2014

      Excelente amigo. Me gustó mucho mucho. Mi voto y un abrazo.

    2. Avatar de Mabel

      Mabel

      13 junio, 2014

      Excelente texto perfectamente elaborado, un abrazo y mi voto desde Andalucía

    3. Avatar de Manger

      Manger

      15 junio, 2014

      De casi apenas nada, una excelente historia. Mis saludos cordiales.

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